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Homilías Dominicales

Queridos lectores: Se puede decir que el Evangelio de San Mateo es el más equilibrado de los cuatro.  Tiene una cristología, una eclesiología, y una moral: todas bien desarrolladas.  Sus historias desde la intriga con los magos hasta la comisión de sus apóstoles después de la resurrección son redactadas con la fineza de un Miguel Ángel esculpiendo un David.  Para Mateo la fe es la clave para una vida que vale.  Con la fe todo es posible.  Sin ella uno queda perdido.  En el evangelio de este domingo vemos una gran muestra de parte de una no judía.  Vale la pena no sólo admirar esta persona sino imitarla.  Es de nosotros fomentar una voluntad en nuestros seguidores a gritar a Jesús: “Ten compasión de mi’”.

 

En Cristo, fr. Carmelo, O.P.

 


 

EL VIGÉSIMO DOMINGO ORDINARIO, 16 de agosto de 2020

 

(Isaías 56:6-7; Romanos 11:11-15.29-32; Mateo 15:21-28)

 

Una mujer cuenta de su experiencia criando a su hija.  La niña nació con el síndrome Wolf-Hirschhorn.  Niños con esta enfermedad tienen cabezas pequeñas y ojos grandes y protuberantes.  También experimentan retrasos de mente y del crecimiento.  Cuando los médicos le dijeron a la mujer que su bebé era anormal, ella sólo quería que de algún modo se pusiera normal.  En tiempo aprendió rechazar este blanco falso.  Se determinó que haría todo posible para que su hija desarrollara lo mejor que pudiera.  En el evangelio hoy encontramos a una mujer con disposición semejante.  La cananea es determinada a hacer todo posible para ayudar a su niña.

 

A Jesús la mujer viene gritando: “’Señor, hijo de David, ten compasión de mí’”.  Aunque no es judía, ella reconoce a Jesús como el Mesías de Israel con poderes divinos.  El amor para su hija le mueve a postrarse ante él.  Entonces le pide a Jesús que le expulse el demonio que atormenta a su hija.  Nosotros hoy día pedimos a Cristo algo semejante.  Queremos que Cristo nos acompañe durante la prueba de Covid.  Particularmente, queremos que él proteja a nuestros niños mientras regresan a sus estudios.

 

Nadie duda que la mayoría de los niños aprenden mejor en la escuela con compañeros que en la casa con el Internet.  Pero hay diferentes opiniones sobre el riesgo corrido por asistir en clases en persona.  ¿Contraerán los niños y los maestros el virus?  Si lo contraen ¿morirán de ello?  No se sabe.  Jesús muestra la misma incertidumbre cuando responde a la mujer.  Sabe que su misión es reconstituir las tribus de Israel con personas responsivas al amor de Dios.  En lugar de despedir a la mujer como sugieren sus discípulos, le explica su dilema con una parábola. Le dice que sanando a su hija sería como echando a los perros el pan de los niños. 

 

La mujer no se da por vencida.  Su fe en Jesús es sobrepasada sólo por su amor para su hija.  Ella responde aprovechándose del dicho de Jesús.  Dice que los perros valen las migajas de sus amos.  En otras palabras, Dios ama a los no judíos junto con los judíos.  La mujer está dando eco al profeta en la primera lectura. Los justos, sean judíos o no, merecen puestos en la casa del Señor.  Como la cananea nosotros no deberíamos dejar pidiendo al Señor el apoyo en la cuestión de la escuela.  Es preciso que los niños aprendan este año después de haber perdido tres meses en las aulas el año pasado. 

 

El Señor no va a abandonarnos.  Podemos contar con Él.  Vamos a ver a los niños saliendo de esta crisis bien.  Tiene más modos de ayudarlos que podemos imaginar. Nuestro papel es rezar con la insistencia y actuar con la sabiduría. Ciertamente la cananea experimenta la bondad de Jesús.  Escucha a Jesús pronunciar las palabras que ella anhelaba oír: “’Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas’”.

 

La fe de la mujer se ha probado grande.  Por razón de esta fe, su amor expandirá también.  Acudiendo a Jesús, ella tendrá que aceptar lo que él enseña sobre el amor por los demás.  Su amor para su niña crecerá en preocupación por todos los niños del mundo.  Es donde nos encontramos hoy.  En lugar de pensar sólo en lo que sea lo mejor para mi familia, nos falta considerar el bien común.  En algunos sectores puede ser que lo mejor es conducir las clases virtuales.  En otros puede ser clases en persona o una combinación de los dos tipos.  De todos modos, nuestro amor estará transcendiendo el círculo cerrado del yo cuando aceptamos lo que los sabios deciden como lo mejor para todos.

 

¿Qué es la fe en Jesucristo?  ¿Es la convicción sobre lo que enseña en los evangelios?  ¿Es la confianza en su poder para salvar?  O, posiblemente, es un esfuerzo para encontrarlo en los sacramentos. A lo mejor es estas tres cualidades combinadas.  Sin embargo, tal vez podemos describir la fe tanto más eficaz como más sencillamente.  Es la cananea gritando a Jesús: “’Señor, hijo de David, ten compasión de mí’”.

 

"Carmen Mele, OP"  <cmeleop@yahoo.com>

 


 

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