Fiesta de la Sagrada Familia - 26 de diciembre del 2021

Eclesiástico (Sirácide) 3, 3-7. 14-17a / Salmo 83 / Colosenses 3, 12-21 / Lucas 2, 41-52 

(N.B. Para leer las lecturas bíblicas, consulte:

https://bible.usccb.org/es/bible/lecturas/122621.cfm)

 

Uno de mis hermanos religiosos hizo la observación, "Ya no uso pantalones tan largos como antes, ahora los compro, pero un poco más corto. ¡Parece que al volverme más viejo soy como el hombre menguante!" Es cierto que él ya no iba creciendo de estatura, pero su comentario me hizo pensar en otra manera de crecer y desarrollar: crecer en la fe y en el espíritu.

 

La lectura del evangelio según san Lucas que escuchamos hoy en la fiesta de la Sagrada Familia nos da un buen ejemplo de cómo comprender mejor la humanidad de Jesucristo, pero en toda su riqueza y plenitud y en todas las etapas. "Jesús iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres" (Lucas 2, 52). Además, nos da una lección de la importancia del desarrollo humano y la necesidad de una formación sólida en la fe de cada persona. 

 

En Ecuador, como en muchos países, hay una fuerte devoción al "Divino Niño" y la imagen de él con su mirada hacia arriba y sus brazos abiertos y extendidos siempre es para recordar por su inocencia, bondad y ternura.  A veces decía yo en distintas ocasiones, "La devoción es hermosa y santa, sin embargo, Jesús creció y ya no es un niño. El mismo Jesús está allí clavado en la cruz." 

 

El niño Jesús luego creció a ser un joven y al final de su estadía en la tierra trabajó como carpintero y luego como Salvador y Redentor del mundo. Jesús no llegó a la cruz en un solo gran salto sino por un proceso de vida. Cada etapa de la vida terrena del Señor vale como parte de su humanidad y la plenitud de su encarnación. Para ser hombre verdadero, Jesucristo tuvo que nacer de una madre y para llevar a cabo la misión salvadora de redimir la humanidad él tuvo que conocer la vida humana naturalmente. Su paso por la tierra y por las distintas etapas del desarrollo humano son parte de bendecir y redimir toda la experiencia humana y demostrarnos la dignidad de la vida en cada instancia. 

 

El tiempo es veloz y resulta en cambios físicos en la persona incluyendo más altura y fuerza física llegando al momento cuando el proceso de crecimiento acaba naturalmente. No obstante, hay un crecimiento que debe proceder sin parar. Es más, debe aumentar. Se trata del crecimiento espiritual y crecer en sabiduría. 

 

La inocencia, sencillez y ternura de la niñez no deben pasar al olvido sino ser llevado adelante en la persona y fortalecido y luego manifestado y expresado según los medios y capacidades de los mayores. Las cualidades agradables y buenas de los pequeños buscan ser ampliadas y engrandecidas por ser compartidas por la bondad y generosidad y actualizadas por el compromiso que necesita madurez y mayor esfuerzo. Encontrémonos en Jesucristo el ejemplo de imitar y vivir que sea como niños o adultos mayores.  

 

Paz y bien,

Padre fray Charles Johnson, OP