EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO, 15 de diciembre de 2019

 

(Isaías 35:1-6.10; Santiago 5:7-10; Mateo 11:2-11)

 

¿Conocen el nombre “Babe Ruth”?  Era el jugador de béisbol más famoso en la primera mitad del siglo veinte.  Dicen que no se miraba como un gran atleta.  Era gordo con piernas delgadas.  Pero podía pegar jonrones.  En una temporada pegó sesenta; en otra, cincuenta y nueve.  La historia es semejante con lo que pasa entre Juan Bautista y Jesús en el evangelio hoy.

 

Juan manda a sus discípulos a Jesús.  Quiere saber si Jesús es el mesías; eso es, el que volvería la gloria a Israel.  Según la historia Dios prometió a David que estableciera un trono para siempre para su descendiente.  Juan se enteró de Jesús.  Sabe que ha hecho maravillas, pero a la vez recibe reportes inquietantes.  Jesús no denuncia a los malvados con palabras fogosas como esperaba Juan del “el que ha de venir”.  Ni coacciona a la gente para que siempre se comporte rectamente.  Más bien, Jesús come con los pecadores y cura a los enfermos sólo por expresar fe en él.  Juan se pregunta: “¿’…tenemos que esperar a otro’” para cumplir la promesa de Dios?

 

El problema no es que Jesús haga algún mal.  El problema es que Juan se equivoca en su concepto del ungido de Dios.  Desgraciadamente algunos entre nosotros tenemos conceptos equivocados acerca de Jesús. Estos conceptos no son completamente falsos.  Sin embargo, pueden crear dificultades para nuestro seguimiento del Señor.  Vamos a describir tres de estos mal conceptos ahora: Jesús, el hacedor de maravillas; Jesús, el ascético pasivo; y Jesús, el revolucionario.

 

Algunos piensan en Jesús como el que va a aliviarlos de todos sus problemas.  Piensan que, si rezan, Jesús los sacará de todos sus líos.  Y ¿quién puede negar que Jesús no le haya ayudado?  Pero nuestros rezos no garantizan que desaparezcan todos problemas.  De hecho, Jesús promete que sus seguidores serán perseguidos.  Sin embargo, podemos contar con Jesús para la fortaleza de enfrentar los desafíos de la vida.

 

Algunos cristianos insisten en ver a Jesús como un ermitaño que ha abandonado toda esperanza para el mundo.  Lo retratan como un “santo de Dios” que sólo espera el mundo que va a venir.  Es cierto que Jesús es profeta con una crítica profunda del mundo.  Sin embargo, por el amor al hombre Jesús es más empeñado a transformar la maldad del mundo que maldecirla.  Hay un proverbio: “Es mejor encender una vela que maldecir las tinieblas”.  Jesús enciende mil velas.  Y pide a nosotros sus seguidores hacer lo mismo.

 

A veces se ve Jesús como un revolucionario.  Como un Che Guevara Jesús supuestamente sólo busca el avance social de los pobres.   En esta perspectiva no le importa a Jesús la rectitud personal: la fidelidad, la honradez, la piedad.  Otra vez, es cierto que Jesús siempre tiene en mente a los pobres.  En el evangelio hoy Jesús aun menciona la predicación a los pobres como marca de su autoridad.  Pero primero Jesús viene para llamar a individuos al reino de Dios.  Para entrar en ello la persona tiene hacer dos cosas: dejarse ser amado de Dios y arrepentirse de sus pecados.

 

Pensamos en Jesús como viniéndonos de modo especial en la misa navideña.  El espíritu de bondad y la alegría de la gente nos conllevan el sentido que Jesús está muy cerca.  Nos hace falta una perspectiva correcta de quien viene.  Jesús entra en nuestras vidas como el que comparte nuestra carga.  Él va a enseñarnos gentil pero también firmemente como ser fiel, honrado, y piadoso.  Al seguirlo, vamos a formar una sociedad que apoya a sus pobres y cuida a sus niños.