XXX Domingo del Tiempo Ordinario (A)

Lecturas: Éxodo 22, 20-26 / Salmo 17 / I Tesalonicenses 1, 5-10 / Mateo 22, 34-40

 

Al escuchar los frailes dominicos de su convento en Lima, Perú hablar de Dios en términos filosóficos y con grandes palabras y conceptos difíciles de entender, San Martin de Porres les decía, “¿Por qué hablan de Dios con semejantes ideas tan complejas y palabras de tanta alteza cuando Él es tan bueno y misericordioso y tierno con nosotros?”

 

El santo no pensaba en negar la verdad de que la teología trata a los misterios divinos que van más allá de nuestra comprensión sino quiso recordarles que el lenguaje de Dios más sublime solo tiene valor en la medida de que fomenta el amor a él y al prójimo. En otras palabras, san Martín les instó a no hacer más complicada la creencia en Dios sino conocerlo en su verdadera esencia – amor - y vivir y actuar por su misericordia. 

 

En los tiempos de Jesús y a lo largo de nuestra historia como iglesia han existido tendencias de hacer más complicada la religión y la comprensión y practica de nuestra fe. Peor es practicar y emplear la religión con dureza de corazón y como instrumento de planes e ideas que arriesgan distorsionar la creencia en el mismo Dios que profesamos creer.

 

La pregunta, ¿Cuál es el mandamiento mas grande de la ley?, es sincera y fundamental y Jesucristo la toma en serio. Sin embargo, como las preguntas anteriores hechas a Jesús por los fariseos, partidarios de Herodes, saduceos y doctores de la ley, la interrogación viene cargada de malas intenciones. En lugar de aclarar un aspecto principal de la religión, ellos utilizaron la pregunta como parte de su campaña de desprestigiar a Jesús y acusarlo de alguna ofensa contra la religión.   

 

En las discusiones con las autoridades religiosas de la época, Jesucristo no buscó avergonzarles y nunca tuvo una actitud de triunfar, sino siempre estuvo dispuesto a dialogar. Además, dejaba siempre abierta la puerta a la conversión.

 

En cada encuentro entre Jesucristo y cualquier grupo o persona, incluso los que actuaron en su contra, el buscó sembrar el amor y compartir la misericordia. Así es la naturaleza del amor: amar a todos y en cada momento y hasta los que nos oponen y nos odian. Así es la naturaleza del mandamiento más grande de la ley.

 

Jesucristo tuvo paciencia con sus opositores porque los amó y los llamó a la verdadera religión. Así aprendemos que Dios siempre espera que su amor abre corazones. Dios siempre espera que el estudio de la religión nos guía a una comprensión más profunda de su bondad y que nos fortalece en el compromiso de compartirla con los demás. ¡Dios es amor y siempre desea que creyendo en él nosotros siempre amamos y que no sea cosa complicada!  

 

Padre fray Charles Johnson, O.P.