10.04.2020

Isaías 5: 1-7

Filipenses 4:6-9

Mateo 21: 33-43


 

Nos encanta historias de amor y de fidelidad.   Hay un sin número de libros y de películas que se basan en el amor, en la decepción, en la reconciliación y al final en el triunfo del amor, mismo si es un amor trágico.  Es así en la literatura de todas las culturas, y en todos los tiempos.  Hasta la Biblia nos pinta un retrato de un Dios de amor, un Dios que persigue a su gente, buscando su pueblo, escuchando sus lamentos, salvándolo de la esclavitud, prometiendo su fidelidad, mandándoles profetas, salvándoles de sus enemigos, perdonando sus delitos y al final sufriendo su rechazo. 

 

La lectura que tenemos de Isaías hoy lee como una canción de amor.  Dios es el viñador que construye su viña con cariño y ternura.  Remueve la tierra, saca las piedras, plana vides selectas, edifica una torre para vigilar, y excava un lagar para asegurar que las vides tengan agua.  Hace todo lo posible para asegurar que la viña produzca buenas uvas.  Pero al final, la viña rinde uvas agrias y el viñador queda decepcionado. 

 

El Evangelio también es en alguna manera un comentario sobre la lectura de Isaías.  Vemos la misma historia de un hombre que construye una viña, y le provee con una cerca, un lagar, una torre y trabajadores para que la cuidara.  Pero ahora la historia es más trágica todavía, porque el fracaso no es de circunstancias inexplicables, sino de la envidia de los trabajadores.  Nos preguntamos porque el propietario, viendo lo que han hecho a sus criados, decide mandar a su hijo.  Lo que vemos es que no hay lógico en la manera de actuar de Dios.  Dios sigue en búsqueda de su gente, dándole cada oportunidad de regresar a la fidelidad.  Nos hace pensar en Jesús mismo cuando lamentó sobre la cuidad de Jerusalén, la cuidad que le iba a condenar a muerte.    

 

Al final del Evangelio, san Mateo nos dice que la gente responde a Jesús que los nuevos viñaderos tendrán que entregar los buenos frutos al momento de la cosecha.  El propietario sigue buscando buenos frutos, a pesar de toda la tragedia de la viña.  Nuestro Dios no deja de extender su mano con confianza de que la gente responderá.

 

Nosotros vemos muy pocas viñas, pero podemos entender la parábola muy bien.  Dios persigue a su pueblo, a nuestro pueblo con cariño y con ternura.  Nos da sus palabras y su promesa de amor.  Nos sigue perdonando e invitándonos a una intimidad con su presencia divina.  Nos da la comunidad de la Iglesia para que tengamos compañeros en el camino.  Nos da ejemplos de fidelidad en nuestra familia y nuestra comunidad.  No da amigos fieles que están enfrentando la misma realidad que nosotros y venciendo las fuerzas de destrucción.  Nos da el cuerpo y sangre de su Hijo para fortalecernos y protegernos del mal.  Nos da su promesa de que nunca estaremos solos. 

 

Y lo único que nos pide es que rendimos buenas frutas.  Estas frutas son un reflejo de Dios: cariño para los que sufren, comprensión con los débiles, paciencia con los que tienen otras ideas y maneras de vivir, fidelidad a la comunidad, ternura con los familiares, y esperanza en la palabra de Dios.  Estas frutas brotan de una relación personal con un Dios de amor, el Dios que está cerca and nos trata con ternura.

 


"Sr. Kathleen Maire  OSF"  <KathleenEMaire@gmail.com>