XXVI Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo C)
- 25 de septiembre de 2022

Lecturas: Amos 6, 1. 4-7 / Salmo 145 / 1 Timoteo 6, 11-16 / Lucas 16, 19-31


 

Cuántas veces he visto programas y documentales sobre la vida silvestre y el reino de los animales, pero aún siento triste cuando un animal de fuerza superior como depredador mata un animal más pequeño y vulnerable que sirve como su alimento. Podemos decir que es la ley de la selva, pero los depredadores parecen brutos y salvajes.

 

Al mismo tiempo nos hace pensar, ¿cuál es la diferencia entre los seres humanos y los animales? Algunos dicen que nosotros como personas somos "animales racionales." Como seres humanos tenemos uso de la razón y la capacidad intelectual; como personas somos educados y civilizados y no bestias. 

 

En la parábola de hoy sobre el hombre rico y Lázaro, el pobre, es el rico que tiene los medios, la riqueza y obviamente la educación formal. Sin embargo, el rico actúa en una forma bruta faltando la verdadera humanidad, pues actúa en una manera que carece de caridad. 

 

El hombre rico se había acostumbrado al sufrimiento y la pobreza de Lázaro, pues el hombre privilegiado se había acostumbrado a una vida lujosa. El rico tenía los medios para mejorar la situación de Lázaro en la tierra y en vida, pero tristemente no hizo nada.

 

Para él, su vecino mendigo era invisible y se había convertido en parte del paisaje, como aspecto del ambiente que rodeaba su casa. La presencia del prójimo cubierto de llagas y muriendo de hambre ya no llamó la atención del hombre rico. Solo cuando estaba agonizando en el infierno es cuando el hombre rico se acordó de Lázaro y de colmo, para pedirle un favor o mandarlo a servir su necesidad de conseguir un alivio en medio de su tormento. 

 

La parábola nos enseña que no basta la capacidad intelectual y tener recursos bajo su dominio para que sea un ser humano; es el amor que hace la diferencia entre personas y bestias, entre personas y brutos. Es el amor que nos hace ver más allá de nuestras propias necesidades e intereses a reconocer el sufrimiento ajeno como nuestra responsabilidad moral y a superar la indiferencia ante la mala fortuna o la desdicha de otras personas.

 

Es el amor que nos hace ver a las personas vulnerables y excluidas y tratadas como invisible por la sociedad y reconocerles como hermanos y hermanas en Cristo.

 

Paz y bien,
P. fray Charles Johnson, OP