XXI / Vigésimo primero Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)
22 de agosto de 2021
Lecturas: Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b / Salmo 33 / Efesios 5, 21-32 / Juan 6, 60-69

“No me gusta!,” exclamó la pequeña de la clase de catequesis para le primera comunión al escuchar las palabras de los versículos 55 y 56 del capítulo seis del evangelio según san Juan donde Jesús dice: “Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive unido a mí, y yo vivo unido a él.”

La catequista fue sorprendida por semejante respuesta y pensó que la niña había negado un aspecto esencial de nuestra fe. Sin embargo, mi amigo el párroco reconoció que la pequeña estudiante estuvo escuchando sinceramente y tratando de comprender el significado del mensaje que Jesús proclama audazmente. Tengo entendido que entre todos los estudiantes del grupo ella fue la más preparada y atenta tanto en la materia como en la celebración del sacramento.

Las palabras de Jesús que llamaron la atención de la pequeña forman el trasfondo o el matiz de la lectura correspondiente al domingo de hoy. Parece que para la mayoría de las personas presentes escuchando a Jesús, entre ellos algunos que habían sido sus discípulos, fue difícil de aceptar las mismas palabras. Sus propias palabras manifiestan su dureza del corazón e intransigencia ante el mensaje de Jesús: “Esto que dice es muy difícil de aceptar; ¿Quién puede hacerle caso?” (Juan 6, 60b). Tristemente muchos se retiraron y abandonaron a Jesús, mientras los apóstoles, en especial Simón Pedro, permanecieron con él.

La niña de la primera comunión fue como san Pedro. Las palabras de Jesús son un poco desconcertantes al escucharlas por primera vez, pero ella comprendió lo que quiso y lo que quiere decir Jesucristo a la gente de aquel momento y a todas personas. Sr. trata del reto de escuchar la verdad que a veces puede ser difícil de entender y si la mente está cerrada y el corazón endurecido, puede ser difícil de aceptar.

En el sexto capítulo del evangelio según san Juan, lo cual hemos escuchado y proclamado los últimas misas dominicales, el Señor nos da algunos aspectos principales de sí mismo y su misión y como busca alimentarnos y unirnos con él cómo hermanos. Según sus propias palabras, su forma de alimentar sus seguidores es algo físico y muy personal.

No obstante, Jesús no tiene ninguna intención de asustar o disuadir sino busca ensenarnos su manera sumamente humana de sostenernos. Para el Señor, sostener y alimentarnos son maneras de actualizar la relación entre él y nosotros. Pensar y comprometerse son importantes pero la participación física con él por comer y beber es esencial. Jesucristo hace claro que creer en él y seguirlo y más importante amarlo no son tan solo ideas o ejercicios intelectuales sino que tienen que ver con una relación íntima que puede iniciar en la mente pero debe perdurar en carne y sangre.

Reconociendo su carne como verdadera comida y su sangre como verdadera bebida y la voluntad de nutrirse de Jesucristo en la manera que él nos ha ofrecido podría ser algo ofensivo para algunas personas. ¿Será que estamos dispuestos y capaces de apreciar el profundo sacrifico y entrega que hace el Señor pero sellado en carne y sangre? ¿Si alguien desea darnos todo hasta el punto dar su propia vida por nosotros, aceptaríamos tan profunda oblación con humilde agradecimiento o reaccionar con indiferencia?

La voluntad de Cristo es suya y no depende de la actitud de los demás. El solo puede dar y dar lo mejor de sí mismo. El Señor no ama a medias sino totalmente; ojala, nuestro amor por él y al prójimo sea inspirado por su fidelidad y generosidad.

Todo tiene que ver con Jesucristo y el don de sí mismo que nos ofrece y nuestra voluntad ante tan grande expresión de amor. Jesucristo nos llama a tomar la decisión de comprometernos no tan solo de ser sus amigos y seguidores sino de sostenernos y nutrirnos por él, con él y en él.

Paz y bien,
Padre fray Charles Johnson, OP