1. -- Kathleen Maire OSF <KathleenEMaire@gmail.com>
2. -- P. Jude Siciliano OP <FrJude@JudeOP.org>

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1.
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Pentecostés 2026
5/24/26 (A)
Hechos 2: 1-11; 1 Corintios 12: 3-7, 12-13; Juan 20: 19-23
A veces en nuestra vida, es solamente después de un acontecimiento que nos damos cuenta de su importancia. Pensamos en un encuentro inesperado que termina en una amistad que dura toda la vida. Pensamos en una conversación que resulta en un nuevo trabajo que nos otorga mucha satisfacción. Pensamos en un viaje que nos pone en contacto con la persona que va a ser esposo u esposa. Hay tantos momentos cuando una experiencia ordinaria termina cambiando nuestra vida. Es así con la venida del Espíritu Santo. Vemos la importancia muchos años después.
Vemos esto en el relato del Evangelio. Los discípulos se encontrarán reunidos con las puertas cerradas, llenos de miedo. Habían escuchado la noticia de la Resurrección, pero no podían captar su sentido. El milagro era demasiado grande para su comprensión. Aún se encontraban dudando, confundidos, y en la incertidumbre de su futuro. Y de repente, Jesús se presentó en medio de ellos. El les ofreció la paz y después les entregó el Espíritu Santo. Fue un momento de transformación. En este instante, se convirtieron en mensajeros de la verdad, en evangelizadores de la Buena Nueva, en testigos de la victoria de la vida.
Estamos acostumbramos a pensar en la llegada del Espíritu Santo como está escrito en los Hechos de los Apóstoles, como un gran viento y con lenguas de fuego. Disfrutamos del relato en que cada cual escuchó la Buena Nueva en su propio idioma. Es una escena dramática con pruebas visibles de la presencia del Espíritu. Sin embargo, el Evangelio nos da otra versión. Jesús llega con un saludo de paz y el don de perdonar el pecado. Es una escena muy tranquila, pero tal vez más poderosa, porque el poder de Dios es dado a los discípulos para vencer el mal y destruir el poder del odio, la división, y la venganza.
Seguro que era solamente después de esa tarde cuando los discípulos se dieron cuenta de lo que había experimentado. Su transformación era un cambio gradual. No era una manifestación de lenguas de fuego y ruidos vientos, sino una manifestación de valentía y valor en la proclamación de la Resurrección. Durante los días y semanas después, estos discípulos que antes se mantenían encerrados por miedo, obtuvieron la fuerza de salir y vivir públicamente como una comunidad donde el amor era el único mandamiento.
Es así en nuestra vida. A veces esperamos momentos dramáticos cuando vemos la manifestación del poder de Dios. Pero mayormente, la transformación de nuestra vida se desarrolla de manera tranquila y gradual. Solamente después de muchos años, o tal vez al final de la vida. Sin embargo, es una transformación que se manifiesta con poder de Dios a los que nos rodean.
Podemos ver las consecuencias de la presencia del Espíritu en la Secuencia que acabamos de rezar. Cuando una persona lleva luz a los confundidos, allí está el Espíritu. Cuando ofrecemos consuelo a los afligidos, allí está el Espíritu. Cuando perdonamos de verdad a los que nos ofenden, allí está el Espíritu. Cuando curamos la enfermedad de la soledad y del desprecio, allí está el Espíritu. Cuando traemos confianza a los que dudan de su valor, allí está el Espíritu. Cuando ofrecemos alegría y gozo a los tristes, allí está el Espíritu.
Hoy la Iglesia nos invita a abrirnos al poder del Espíritu que recibimos en el Bautismo. Como signo de nuestra fe en su presencia, es por eso que nuestro canto es Aleluya, aleluya, aleluya.
Kathleen Maire OSF <KathleenEMaire@gmail.com>
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2.
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DOMINGO DE PENTECOSTÉS -A-
24 de mayo de 2026
Hechos 2: 1-11; Salmo 104; 1 Corintios 12: 3b-7, 12-13; Juan 20: 19-23
Por: Jude Siciliano , OP
Estimados predicadores:
El Evangelio de hoy transcurre al anochecer. Afuera está oscuro, pero para los discípulos la oscuridad es aún mayor: una oscuridad nacida del miedo. Se encuentran reunidos en una habitación con las puertas cerradas. Eso es a menudo lo que hacemos cuando tenemos miedo, incertidumbre o no podemos ver con claridad el futuro: nos encerramos. En ese espacio oscuro y lleno de temor, Cristo resucitado llega, no irrumpiendo a través de las puertas, ni con un despliegue dramático ni ruidoso.
En cambio, simplemente se para entre ellos y les dice: «La paz sea con ustedes». Luego sopla sobre ellos, enviándolos con el don del Espíritu Santo y la autoridad para perdonar los pecados.
Esta escena no se limita al pasado. Muchas comunidades hoy viven tras “puertas cerradas” de diversas maneras. Nuestro temor quizás no provenga de la persecución, como en la Iglesia primitiva, sino de la disminución de miembros, las divisiones internas, la incertidumbre sobre el futuro o la ansiedad ante el cambio. Al igual que los discípulos, podemos sentir la tentación de replegarnos sobre nosotros mismos para protegernos, en lugar de arriesgarnos a abrirnos al exterior.
Sin embargo, el primer don que Cristo resucitado nos ofrece no es el juicio, sino la paz. Como individuos y como comunidad parroquial, estamos llamados a recibir esa paz, no como una vaga sensación de que «todo estará bien», sino como una profunda confianza en que Cristo está presente incluso cuando nos sentimos frágiles y parece ausente. Sin ese fundamento en la paz de Cristo, podemos aislarnos, ponernos a la defensiva y dejarnos dominar por la ansiedad.
Luego viene el envío: «Como el Padre me envió, así también yo los envío a ustedes». La Iglesia no se trata solo de su propio sustento; estamos llamados a continuar la misión de Cristo. Esa misión se proyecta hacia afuera: hacia los pobres, los marginados, los que buscan espiritualmente y los heridos. En lugar de esperar a que la gente venga a nosotros, somos enviados a ellos. Esto es evangelización: menos sobre programas y más sobre presencia, acogida, hospitalidad y testimonio creíble.
El hecho de que Jesús infundiera el Espíritu Santo a sus discípulos evoca el relato de la creación, cuando Dios infundió vida a la humanidad. La Iglesia se renueva continuamente por el Espíritu Santo, no solo mediante estrategias humanas. Muchas de nuestras comunidades parroquiales están ocupadas con proyectos, comités y estructuras. Si bien estos son necesarios, resultan insuficientes sin la apertura a la acción impredecible del Espíritu: la formación de nuevos líderes, la inspiración de nuevos ministerios y la apertura de nuevos caminos de servicio.
En el corazón del Evangelio de hoy también está el perdón: «A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados». Nuestro mundo está sumido en la oscuridad de la guerra, la polarización, el resentimiento y las relaciones rotas. Pentecostés nos recuerda que estamos llamados a ser personas de luz, llenas del Espíritu Santo, caracterizadas por la misericordia, la escucha en lugar de la condena, la restauración en lugar de la exclusión, la sanación en lugar de la división.
La fiesta de hoy invita tanto a la Iglesia como a cada uno de nosotros a examinarnos. ¿Dónde están las «puertas cerradas» en nuestras vidas? ¿Qué miedos las mantienen cerradas? ¿Vivimos realmente de la paz que Cristo nos da cuando dice: «La paz sea con vosotros»? ¿O vivimos dominados por el miedo y la ansiedad ante la supervivencia?
Pentecostés no es simplemente la celebración de un evento pasado; es una identidad que debemos vivir. Cristo resucitado aún entra en nuestros espacios protegidos, aún nos habla de paz, aún infunde su Espíritu en nosotros y aún envía a su Iglesia al mundo. Quizás no seamos perfectos, pero mediante el don del Espíritu Santo somos fortalecidos para que el miedo no nos paralice como discípulos atemorizados.
En la segunda lectura de hoy, Pablo recuerda a los corintios —y a nosotros— que el Espíritu Santo no se nos da simplemente para el consuelo personal o la santidad individual. El Espíritu se nos da para la vida y la misión de la comunidad. «Hay diferentes dones espirituales, pero el Espíritu es el mismo… A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para algún beneficio».
Pentecostés, pues, no es simplemente un recuerdo de las lenguas de fuego que descendieron sobre los apóstoles. Es la fiesta de la Iglesia viva con el Espíritu de Cristo. Aquellos discípulos atemorizados en el aposento alto se convirtieron en una comunidad misionera, lo suficientemente valiente como para salir al mundo a proclamar el Evangelio. El Espíritu transforma el miedo en testimonio, el aislamiento en comunión y la debilidad en servicio.
Para nosotros, discípulos modernos, las palabras de Pablo plantean preguntas importantes. ¿Qué don del Espíritu he recibido? ¿Cómo utilizo ese don para fortalecer la Iglesia y servir a los demás? ¿Nuestras comunidades reflejan unidad en medio de la diversidad, o división y rivalidad?
Observa tu comunidad parroquial. Pentecostés no espera que todos sean iguales. Más bien, el Espíritu Santo obra a través de muchas voces, ministerios y vocaciones, todos unidos en Cristo. Hoy celebramos nuestra unidad y nuestra diversidad, los muchos dones del Espíritu Santo presentes en la Iglesia.
Pentecostés no es un evento único. El Espíritu Santo continúa descendiendo sobre los creyentes y enviándolos al mundo. Cada uno de nosotros está llamado a reconocer los dones que hemos recibido y ponerlos al servicio de los demás, contribuyendo así a edificar el Cuerpo de Cristo en el amor.
Haz clic aquí para acceder al enlace con las lecturas de este domingo:
https://bible.usccb.org/es/bible/lecturas/0452426-Day
P. Jude Siciliano OP <FrJude@JudeOP.org>