El domingo, 18 de abril de 2021

TERCER DOMINGO DE PASCUA

(Hechos 3.13-15.17-19; I Juan 2:1-5; Lucas 24:35-48)


Se dice que los ex alcohólicos se hacen los promotores más fervientes de la sobriedad.  Su motivo es sencillo.  Han causado tantos problemas para sus seres queridos que quieran compensar sus pecados.  Es igual con algunas mujeres que han tenido abortos.  Se sienten tan contritas que protesten con el más fervor delante de las clínicas de aborto.  Por eso, no deberíamos estar sorprendidos ver cómo Pedro actúa en la primera lectura.  El que negó a Jesús hace ninguna disculpa cuando acusa a los judíos de la muerte de Jesús y exigir su arrepentimiento.

Aunque es directo y fuerte en su acusación, Pedro provee excusa por las acciones de los judíos.  Dice que actuaron por ignorancia.  Según Pedro, si los judíos conocieran quien era Jesús, nunca habrían insistido que fuera crucificado.  Casi siempre es igual con nuestros pecados.  Aunque deberíamos saber mejor, no escogemos el mal por ser mal sino bajo el aspecto de lo bueno.  No bebemos demasiado porque queremos borrachearnos.  Más bien, bebemos mucho porque queremos relajar después de haber trabajado duro.  No difamamos al otro para destruir su reputación.  Más bien, lo criticamos porque queremos justificar nuestra perspectiva de la vida.

Esto es a decir que nuestros pecados tienen la misma raíz.  Queremos poner nuestra voluntad, nuestro modo de ver la realidad, antes de la voluntad de Dios.  Nuestra voluntad se nos hace más importante que los mandamientos de Dios.  En la segunda lectura el presbítero Juan nos cuenta que conocemos a Dios tanto como cumplamos sus mandamientos.  Si lo conocemos como sus hijos e hijas, siempre pondríamos su voluntad antes de todo.  En lugar de buscar las faltas de otras personas, rezaríamos por ellos.  En vez de buscar travesuras en el Internet, le agradeceríamos a Dios por los beneficios que tenemos.

Jesús murió en la cruz para quitar nuestros pecados.  Fue un sacrificio humano tan perfecto que compensó los pecados de todos los demás hombres y mujeres.  Además, su sumisión a la voluntad de su Padre nos dio un modelo eficaz de poner a Dios primero en la vida.  Es modelo porque nos enseña cómo darnos en el amor por el otro.  Es eficaz porque su muerte ha dominado el mal para todos los que se unen con él.  Es como el descubrimiento de la vacuna de Covid nos ha liberado a toda la humanidad de la amenaza del virus.

En el evangelio Jesús declara que el mensaje del perdón será predicado al mundo.  Una vez reciban el Espíritu Santo, los apóstoles comenzarán esta misión. Nosotros, los beneficiarios del mensaje, hemos dominado nuestra voluntad propia, al menos por un rato.  Sin embargo, la tendencia a pecar nos apega como sanguijuelas.  ¿Por qué es tan fuerte la voluntad propia? Porque tememos que vayamos a perder algo valeroso si nos sometemos nuestra voluntad a la de Dios.  En el evangelio los discípulos no creen en la resurrección antes de que coman con el Señor resucitado.  Que hagamos lo mismo por medio de la Eucaristía.  Escuchando su palabra y comiendo su carne con la intención apropiada, Cristo fortalecerá nuestra fe.  Entonces nos daremos cuenta de que no perdemos nada significante por someter nuestra voluntad a la del Padre.  Más bien, logramos la herencia de hijos e hijas de Dios; eso es, la vida eterna.

Hay una canción famosa que, traducida al español, se llama “mi modo”.  Las letras cuentan de una persona que siempre hace cosas a su propio modo.  Evidentemente la persona cree mucho en sí mismo.  No es necesariamente malo hacer cosas a nuestros modos ni es malo creer en nosotros mismos.  Sin embargo, nuestros modos y la creencia en nosotros mismos tienen que someterse a los modos divinos y la creencia en Dios.  Solo así dominamos el pecado.  Solo así heredaremos la vida eterna.