1. -- Kathleen Maire OSF <KathleenEMaire@gmail.com>
2. -- P. Jude Siciliano OP <FrJude@JudeOP.org>
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1.
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IV Domingo Ordinario (A)
2/1/2026
Sofonías 2:3, 3: 12-13;
Corintios
1: 26-31;
Mateo 5: 1-12
Es interesante como empieza el Evangelio hoy. Dice san Mateo que cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte. Es como si Jesús no estaba listo meterse en medio de tanta gente. Quiso primero explicar su mensaje a los discípulos. El mensaje era algo nuevo, no una seria de mandatos como les había dado Moisés, sino una nueva manera de ser, de pensar y de actuar. Era una revelación del amor de Dios para los olvidados y sufridos de la tierra.
Esta enseñanza esta conocida como las Bienaventuranzas, y contiene un resumen de todo el mensaje de Jesús. Describe una manera de vivir que era completamente distinta de lo que pensaron los judíos. Para ellos, la riqueza y el éxito en la vida eran signos de la aprobación de Dios. La pobreza se entendía como consecuencia del pecado. Con esta enseñanza nueva, Jesús pone todo al revés. El dice que el reino de Dios pertenece a los pobres, a los afligidos, a los que actúan con misericordia y valentía por el bien de otros. En vez de ver los sufrimientos de la vida como castigo, Jesús dice que los pobres son felices, dichosos. Son dichosos porque son los amados de Dios.
Mismo para nosotros, es una lección difícil. Toda la propaganda en las tiendas y el medio nos proclaman que posesiones llevan consigo la felicidad. Sin embargo, Jesús empieza su lista con los pobres. En el evangelio de San Mateo, el énfasis queda en lo espiritual. Entonces, dice que “Dichosos los pobres de espíritu” no “Dichosos los pobres” como en el evangelio de san Lucas. Indica que uno tiene que darse cuenta de su dependencia de Dios y la pobreza de la vida sin Él. Nosotros nos damos cuenta de que fácil es pensar que el éxito viene por nuestro trabajo y suerte. Vemos que más que uno tiene, más que uno quiere tener. Es como si pensamos que tenemos derecho a la riqueza. Jesús indica que todo lo que tenemos es don de Dios, y que debemos vivir en una actitud de agradecimiento.
Hay ocho bienaventuranzas, pero me parece que la primera es clave. Jesús ve las circunstancias negativas que definan la vida de los pobres. Su pobreza es tan grave que destruye su espíritu y los roban de alegría. Viven bajo la opresión política, la opresión religiosa y la opresión social. Tienen hambre no solamente de comida, sino de libertad, de seguridad y de alegría. Jesús reconoce su deseo de cambiar estas circunstancias y conseguir justicia. El reconoce su dignidad como hijos de Dios y les promete que de ellos es el Reino de Dios.
Hoy en día, vemos mucha opresión también: opresión de pobreza, de la falta de justicia, y de leyes que se basan en discriminación. Hay miles y miles de migrantes e inmigrantes que dejan sus países por el bien de la familia. Hay muchos en nuestras mismas comunidades que no pueden trabajar en su profesión por falta de documentación. Hay padres y madres de familia que tiene dos o tres trabajos solamente para pagar las necesidades de la vida. No hay tiempo por la familia y las alegrías de comunidad. Sin embargo, muchos de ellos tienen confianza en Dios y reconocen que son bendecidos.
Jesús proclama hasta hoy que los que ponen su confianza en Dios, a pesar de sus dificultades; los que luchan para la justicia; los que lamentan el pecado del mundo, son ellos que conocen el Reino de Dios. Son ellos que son dichosos.
Kathleen Maire OSF <KathleenEMaire@gmail.com>
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“PRIMERAS IMPRESIONES”
4º DOMINGO (
A)1 de Febrero de 2026
Sofonías 2:3, 3:12-13 ;
Salmo 146 ;
1 Corintios 1:26-31 ;
Mateo 5:1-12a
Por: Jude Siciliano , OP
Queridos predicadores:
Si tú o yo fuéramos Dios, ¿no elegiríamos a los mejores candidatos, a los mejores que pudiéramos encontrar, para difundir la buena nueva de Jesucristo al mundo? En nuestra segunda lectura de 1 Corintios, Pablo analiza con honestidad, incluso contundentemente, a los elegidos de Dios. «Consideren su propia vocación...». Luego les recuerda a los cristianos corintios su posición ante el mundo. No eran «sabios según la condición humana, ni muchos poderosos, ni muchos de noble cuna». De hecho, dice, Dios eligió a los «necios... a los débiles... a los humildes y despreciados del mundo».
Podría parecer una crítica a los corintios, y también a nosotros, los cristianos modernos. No es una reprimenda, sino una revelación. En efecto, la manera de obrar de Dios no se ajusta a las expectativas humanas. Dios elige a los débiles para revelar dónde reside la verdadera fuerza. Dios muestra los límites de la sabiduría mundana al ofrecernos la sabiduría salvadora de Cristo.
Nuestro mundo tiene sus propias maneras de clasificar el valor de las personas. Nos obsesionamos con lo que gana, posee o logra una persona. Solemos preguntar por su currículum, educación, título, visibilidad y éxito. Pablo contradice los estándares del mundo, mostrándonos que Dios no se basa en nuestra posición social para salvarnos. Al elegir a los "insensatos", "débiles" y "humildes", nadie puede jactarse. No tenemos que demostrar nuestro valor para recibir el regalo de Dios, Jesús. No nos salvamos a nosotros mismos, por mucho que creamos tener méritos ante Dios.
Así, con las ideas de Pablo, comprendemos que la vida con Dios es algo que se da por sentado, no algo que se gana. Pablo nos explica la vida cristiana. Muestra que Dios ha redefinido lo que significa ser sabio, poderoso y bendecido. La sabiduría se asemeja a la cruz. El poder es la entrega y la gloria, a la humildad.
¿De qué podemos entonces jactarnos? Pablo lo dice con toda claridad: «El que se gloría, gloríese en el Señor». Esto no es una falsa humildad de nuestra parte, sino la verdad. Nuestra vida, nuestro servicio y nuestra fe se basan en la iniciativa de Dios. Dios decide obrar a través de nosotros mediante nuestra disponibilidad, fidelidad y disposición a dejar que Cristo sea todo para nosotros.
Dios ha dado el primer paso hacia nosotros, y estamos invitados a responder. ¿Cómo? En primer lugar, dando gracias por esta ofrenda: nuestra Eucaristía.
Pablo y Mateo hablan con una sola voz hoy. El reino de Dios revierte los valores del mundo. Pablo recuerda a la comunidad que Dios eligió a quienes no impresionan según los estándares del mundo: los necios, los débiles, los humildes y despreciados del mundo. Jesús proclama poéticamente en la ladera lo que Pablo enseña teológicamente.
Aquellos a quienes Pablo identifica son precisamente las personas a quienes Jesús se dirige en su sermón, llamándolos bienaventurados: los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los que lloran, los que tienen hambre de justicia y los perseguidos. Ni Pablo ni Jesús idealizan el sufrimiento ni la insignificancia. Ambos revelan cómo Dios se acerca a quienes tienen poco que reclamar para sí mismos o de qué jactarse. No son los poderosos; no tienen un estatus superior ni importancia en el mundo. En cambio, son señales y recordatorios de que Dios se acerca a quienes conocen su necesidad y no dependen del poder, el estatus ni la autosuficiencia.
Las Bienaventuranzas de Jesús describen a personas cuyas vidas están abiertas a Dios porque no se centran en sí mismas. Estas son precisamente las personas que, según Pablo, Dios se deleita en elegir. 1 Corintios y nuestro evangelio nos invitan a reexaminar lo que admiramos y buscamos en nuestras vidas. Representan lo contrario del mundo, que bendice a los exitosos, seguros y admirados. Los evangelistas nos recuerdan: si queremos gloriarnos, no debemos gloriarnos en nosotros mismos, sino en el Dios que exalta a los humildes y los hace herederos del reino.
A la luz del mensaje que transmiten las Escrituras de hoy, ¿cómo podría ser la vida cotidiana en nuestra parroquia? Si realmente creemos que Dios obra a través de lo que el mundo llama débil o insignificante, entonces nuestra parroquia debe reflejar esa creencia.
Así pues, debemos valorar la fidelidad silenciosa por encima de la visibilidad; el servicio por encima del reconocimiento; la colaboración por encima de la competencia. Quienes visitan fielmente a los enfermos, atienden el banco de alimentos, sirven como lectores, preparan la liturgia, enseñan a los jóvenes, limpian la iglesia, etc., pueden estar viviendo las Bienaventuranzas con mayor plenitud que quien más alza la voz o tiene mayor visibilidad.
¿Y qué hay de nosotros? A la luz de lo que Jesús y Pablo enseñan, necesitamos dejar de lado el deseo de reconocimiento o afirmación de nuestras contribuciones. ¡Las tensiones surgen incluso en las comunidades parroquiales! Se nos invita a responder no con actitud defensiva ni orgullo, sino con mansedumbre, misericordia y sed de justicia. Pablo nos recuerda: «El que se gloría, gloríese en el Señor».
Haga clic aquí para obtener un enlace a las lecturas de este domingo:
https://bible.usccb.org/es/bible/lecturas/020126.cfm
Jude Siciliano , OP <FrJude@JudeOP.org>