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Queridos lectores:

Aunque el Evangelio según San Marcos no tiene las enseñanzas grandes como lo de Mateo y de Lucas, todavía le muestra como maestro extraordinario.  Como en el pasaje escogido para este domingo, Jesús en el Segundo Evangelio usa demuestras y enseña con la autoridad.  Esta homilía de modelo trata de recalcar la sabiduría de su enseñanza por hacer hincapié en su advertencia contra el orgullo.  Utiliza las tres lecturas para explicar cómo el orgullo siempre nos tienta.  Afortunadamente tenemos el ejemplo de Jesús para superarlo.  ¡Qué Dios les bendiga en sus interpretaciones de estos textos!

Padre Carmelo


El vigésimo quinto domingo ordinario, 19 de septiembre de 2021

(Sabiduría 2:12.17-20; Santiago 3:16-4:3; Marcos 9:30-37)

 

 

La

25

Domingo

(B)

Hace cincuenta años el drama musical “Camelot” ganó muchos premios.  La historia tiene lugar en Inglaterra por la Edad Media.  El rey Arturo tiene una corte de los caballeros más atrevidos del mundo.  Entonces el Señor Lancelot viene de Francia para servir a Arturo.  Lancelot es orgulloso, aun vano.  Dice que es el mejor en todo. En el musical Lancelot usa las palabras francés, “C’est moi” (“Soy yo”), para expresar su grandeza.  Se pregunta a sí mismo: “¿Dónde se puede encontrar un hombre tan extraordinario?” Y responde a la pregunta: “C’est moi”.  Vemos esto tipo de vanidad en el evangelio hoy.

Los apóstoles discuten en el camino quién entre ellos es el más importante.  Evidentemente más que uno de los doce quiere responder: “C’est moi; soy yo”.  La tristeza no es tanto que los discípulos del maestro Jesús son orgullosos.  Más profundamente desconsolador es que Jesús acaba de decirles cómo sufrirá pronto.  Dentro de poco se lo entregarán and lo pondrán a muerte.  Pero evidentemente a los apóstoles no les importa o no lo entienden.  Pero, sí es la verdad que no lo entienden, ¿no deberían superar su miedo para pedirle explicación?

Es cierto que la vanidad u orgullo es un pecado primordial.  Según el Libro de Proverbios, “Antes de la ruina, hubo orgullo…” (16,18).  Por eso, la serpiente tienta a la pareja en el jardín con la expectativa de que se hagan “como dioses”.  Para evitar que hagamos este pecado cuando éramos chicos, nuestras madres nos regañaban: “El mundo no revuelve alrededor de ti”.  Pero es una lección difícil para aprender.  Nos da mucho gusto pensar en nosotros mismos como las más importantes, las más guapos, o las más brillantes personas en el mundo. 

Al fondo de esta tendencia queda el individualismo extremo.  Pensamos que podamos hacer cualquiera cosa por nosotros mismos.  Tenemos tanta confianza que pensamos que no necesitemos a nadie.  Nos gusta pensar en nosotros mismos como fuera de la comunidad, no responsable a nadie.  Ni pensamos que a Dios le importan nuestras acciones.  La primera lectura expresa esta fantasía perfectamente bien.  Cita a los malvados diciendo entre sí mientras urden una trampa contra el justo: “’Si el justo es hijo de Dios, él lo ayudará…’”

La segunda lectura da eco a estas advertencias contra el orgullo y el individualismo extremo. Señala que las “malas pasiones” son la fuente de todos conflictos y luchas.  Apunta a la ambición como pasión desordenada, que en su forma extrema busca premios sin guardar las reglas.  Por ejemplo, los atletas que toman drogas para ganar medallas en las Olimpiadas son culpables de la ambición.  Otra pasión mala es la codicia que desea lo que pertenece a otras personas. 

A Jesús no le falta la paciencia para enseñar a sus discípulos, incluso a nosotros, en que consiste la verdadera importancia.  Dice que la importancia no consiste en ser admirado por los demás sino en servir a los demás.  Es la verdad que un famoso actor una vez admitió.  La estrella de la radio dijo que mientras buscaba todas las medallas de mérito de su profesión, no hizo tanto por el mundo que cualquiera buena mujer de la limpieza.

Interesantemente Jesús nunca condena el amor propio.  Pero manda que amemos al otro tanto como a nosotros mismos y que amemos a Dios sobre todo.  Tenemos que admitir que el más importante no es "c'est moi; soy yo".  Ni el segundo más importante es "c'est moi; soy yo".  Somos como todos los demás – complejos de virtudes y vicios, fuerzas y debilidades, posibilidades y límites.  Alcanzaremos nuestro potencial completo por seguir al Señor Jesús en la entrega de nosotros mismos por el bien de los demás.  Parecerá en el principio que estamos estudiando y trabajando por nosotros mismos.  Sin embargo, vendrá la ocasión en que escogemos si viviremos principalmente por nosotros o por los demás y por Dios, sobre todo.  Últimamente tendremos que escoger a vivir por nosotros mismos o por Dios sobre todo.
 


 

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