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23 de mayo del 2021

Domingo de Pentecostés, Misa del día (Leccionario: 63)

Lecturas: Hechos 2,1-11 / Salmo 103 / 1 Co 12,3b-7. 12-13 (O bien: Gal 5,16-25) / Juan 20,19-23 (O bien: Juan 15,26-27; 16,12-15)


Uno de los más reconocidos cancioneros litúrgicos de mayor uso en los Estados Unidos es una edición que se llama "Gather" en inglés, que quiere decir, "Reúnanse." Mi profesor en el seminario de broma decía que sería interesante editar y preparar otro cancionero litúrgico llamado, "Dispérsense." 

 

Es cierto que reunirse y unirse son aspectos principales de la comunidad cristiana nuestra, la Iglesia Católica, pero el deber misionero de la iglesia es de no quedarnos en un santuario o reunidos contentos con la situación actual sino estar dispuestos a dispersarnos y lanzarnos al mundo para llevar a cabo la misión que Jesucristo nos ha encomendado.

 

El Espíritu Santo nos une y nos reúne pero al mismo tiempo nos reta y nos envía a donde no haya paz y no haya amor para que la presencia de Jesucristo llega allí por medio de nuestra colaboración con el Reino de Dios. Debemos estar preparados y comprometidos de dispersarnos y salir como el sembrador con la palabra de Dios y la celebración de los sacramentos. Además, los tesoros de nuestra fe y de la iglesia son para enriquecer el mundo y nos toca a nosotros compartirlos. Santo Domingo de Guzmán decía, “El grano amontonado se pudre; el grano esparcido da mucho fruto,” instando a los frailes de la Orden de Predicadores a la predicación.

 

Al mismo tiempo, la iglesia no debe caer en la tentación de hacer activismo sino actuar desde una base doctrinal y de mucho discernimiento espiritual para que nuestros esfuerzos hacen visible el amor de Dios y que sean conformes con el mensaje de Cristo. El antiguo lema de la Orden de Predicadores explica que un propósito de la predicación también sirve de recordarnos el valor de la oración y el recogimiento espiritual al decir que predicar es como “compartir los frutos de la contemplación.”

 

Las dos lecturas ofrecidas para la misa dominical de Pentecostés nos ensenan de que estamos reunidos para ser fortalecidos y enviados. La clave es recibir y acoger el don de Dios que Cristo nos promete y nos da: el Espíritu Santo. 

 

Las palabras de Cristo Resucitado a los discípulos reunidos a puerta cerrada que escuchamos en la lectura de hoy del capítulo veinte del evangelio según san Juan expresan la forma de equilibrio necesaria entre reunir y salir a la misión: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” (Juan 20, 21). Antes de enviarles a los discípulos, Jesucristo los da su paz. No podríamos dar la paz y hacerla crecer en nuestro medio sin haberla recibido primero como don de Dios acogida en la profundidad del corazón y en comunidad.  

 

En la otra lectura recomendada para hoy, Jesús explica que ser sus discípulos trae la gran bendición de recibir lo que Dios solo puede dar: el Espíritu Santo. Al mismo tiempo en la lectura el Señor deja claro que el don exige una respuesta personal y comunitaria que manifiesta claramente el compromiso de seguirlo. “En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré a ustedes de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí y ustedes también darán testimonio, pues desde el principio han estado conmigo” (Juan 15, 26-27).

 

Así podemos ver la dinámica de la vida cristiana: La base es la unión, estar en relación con Dios como personas y comunidad. Para fortalecernos es necesario recibir y acoger la paz que Cristo nos da como alimento espiritual. Desde allí debemos estar abiertos a las exigencias de nuestra fe en especial como Jesucristo nos llama a amar al prójimo y mucho más a los más necesitados. 

 

Semejante dinámica es nada más y nada menos que el movimiento del Espíritu Santo reuniéndonos y fortaleciéndonos para que seamos discípulos verdaderos unidos y dispuestos a salir y esparcir los granos como un buen sembrador convencidos de que lo que Jesucristo nos da es para compartir.  

 

Paz y bien, P. fray Charles Johnson, O.P.

 


 

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