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XXV DOMINGO

09.19.2021

Sabiduría 2: 12, 17-20

Santiago 3: 16-4:3

Marcos 9: 30-37


 

 

La

XXV

Domingo

(B)

La primera lectura del día de hoy parece muy dura.  La Sabiduría nos habla de las trampas que ponen los malvados a los justos.  Después, el Apóstol Santiago menciona las envidias y rivalidades.  Puede ser que respiramos mejor cuando Jesús pone a un niño en medio de los discípulos y dice: “El que recibe en mi nombre a uno de estos niños, me recibe a mí.  Y el que me recibe a mí, no me recibe a mi, sino a aquel que me ha enviado.”  Pensamos, “Por fin.  Aquí hay algo que nos da esperanza”.

 

Muchos predicadores han hablado de las cualidades de un niño: la inocencia, la apertura a lo nuevo, la dependencia total, y la simplicidad.  Un nino que conoce amor y cariño durante sus primeros años espera que el mundo le recirira con brazos abiertos.  Por eso, es tan importante que aceptamos la responsabilidad de demontrar paciencia, generosidad, comprensión y cariño a los pequeños de la familia.   Jesús nos invita a recuperar estas cualidades y vivir en una relación de niño con Dios.  

 

Los psicólogos dicen que un niño antes de cumplir los tres años de edad, generalmente él/ella ya ha tenido alguna experiencia que lo ha marcado por toda la vida.  Y si no hay suficiente amor y cariño, el niño desarrolla su personalidad luchando en contra de lo que percibió como rechazo.  Algunos dicen que es una clase de pecado original, re-enforzado por las muchas experiencias de la vida que parecen darle la razón a su intuición.  Y el niño puede crecer con esta actitud negativa, con su “pecado original”, tratando de salvarse de sus efectos.

 

Por lo tanto, el Evangelio de hoy es interesante.  Jesús estaba dedicando mucho tiempo a sus discípulos, preparándoles para su muerte y resurrección.  Jesús sabía que era un momento crítico.  Los discípulos tenían que dejar sus ideas infantiles del Mesías y aceptar que El era el Sirviente que habría de Sufrir.  Pero la enseñanza era demasiado para ellos.  Dice San Marcos, “Pero ellos no entendían las palabras y tenían miedo de pedir explicaciones.”   Más bien, entraron en un juego infantil, discutiendo sobre quien de ellos era el más importante.

 

Frente a su incapacidad de entender, Jesús puso a un niño al medio de los discípulos y dijo: “El que recibe en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe.  Y el que me recibe a mí, no me recibe a mi, sino a aquel que me ha enviado.”   Era una manera de decir a los discípulos, “No entren en las trampas que ofrece el mundo.  Regresen al estado de apertura para recibir nuevas ideas y tener visiones de cosas que no existen todavía.  Sean otra vez sencillos como niños, listos para recibir todo el amor y cariño que otros pueden extenderles.  Dejen al lado el deseo de protegerse y hacerse importante.  La verdadera importancia resulta de mi amor.

 

¿Donde estamos nosotros en esta escena?  Puede ser que estamos juntos con los discípulos, peleando entre nosotros sobre quien es el más importante.  ¿Soy importante porque estoy fiel a la misa cada semana?  ¿Soy importante porque soy cursillista o carismático?   ¿Soy importante porque hago sacrificios cada día?   Ninguna de estas cosas es mala.  Pero lo que Jesús nos enseña es que lo más importante es abrirnos a aceptar su amor y su cariño, como un niño inocente.

 

Todos tenemos que salvarnos de esta clase de pecado original- nuestras dudas y desconfianzas.  Jesús nos invita a entregarse completamente a él cada semana en la misa.  Es por eso que debemos recordar que la Sagrada Eucaristía no es un premio.  Es comida que nos fortalece en nuestra vocación de dejarnos ser amados por Dios.

 


"Sr. Kathleen Maire, OSF"  <KathleenEMaire@gmail.com>


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