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22 DOMINGO

8.29.2021

Deuteronomio 4:1-2, 6-8

Santiago 1:17-18, 21b-22, 27

Marcos 7:1-8, 14-15, 21-23


 

 

La

XXII

Domingo

(B)

Cuando escuchamos lecturas como las de hoy, es bueno tener en cuenta el sentido de la Ley en los tiempos de Moisés.  El Dios de Israel es siempre un Dios que se manifiesta librando a su pueblo de la esclavitud, sea la esclavitud de los egipcios o la esclavitud del pecado.  El Dios de las Escrituras no es un Dios arbitrario que manda según su capricho, sino un Dios que indica el camino hacia la plena vida de la persona humana.  Entonces, la Ley se entiende como un guía hacia la plena vida humana, según la voluntad de Dios. 

 

Podemos ver el orgullo del pueblo en las palabras de Moisés, “En verdad esta gran nación es un pueblo sabio y prudente.  Porque, ¿Cuál otra nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos como lo está nuestro Dios, siempre que lo invocamos?”  Para los israelitas, la Ley defina la relación del pueblo con su Señor.  Es una relación personal y compasiva, con una Ley basada en la justicia y vivida en comunidad.   La gente está llamada a vivir con un corazón lleno de gratitud y de amor, confiando en la bondad de un Dios personal.

 

Como siempre en la historia humana, el intento original de la Ley se fue cambiando cuando los hombres se metieron como guardianes.  Varios grupos de entre los judíos inventaron muchos reglamentos para proteger la Ley, y al final de cuenta, llegaron a poner más importancia en las reglas que en el intento de la Ley.  Podemos decir que, de una manera, trataron de controlar a Dios por medio de la Ley, garantizando su salvación por la observación de la Ley, en vez de por la misericordia y compasión de Dios.  

 

Esto era la situación en los tiempos de Jesús.  La novedad del mensaje de Jesús era que puso otra vez en perspectiva el intento de la Ley, la plenitud de la vida humana según la voluntad de Dios.  El exigía de los discípulos percepciones claras y prioridades definidas.  Declaró que la presencia de Dios no depende de nuestros gestos y palabras.  Jesús exigía de sus seguidores un corazón sencillo que pudo apreciar la generosidad de Dios y que quiso acercarse a Él con humildad y el deseo de vivir según sus preceptos.   La visión de Jesús no se basó en una exigencia de culto, sino en una exigencia de amor.

 

Lo que Jesús nos enseña a través de los Evangelios es que para crear el Reino de Dios, tenemos que combatir todo lo que hace daño a la persona humana.  Y más importante, tenemos que dedicarnos a todo lo que le hace bien, o sea, al amor.  El Evangelio nos revela que Dios no manda cosas arbitrarias e injustificables.  Dios manda solo lo que humaniza y realiza a la persona humana.  Si, hay que evitar los pecados enumerados en el Evangelio, no porque son mandatos, sino porque dañan al vecino y mismo al corazón del pecador.       

 

Santiago nos da una idea en su carta, “La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre, consiste en visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y en guardarse de este mundo corrompido”.  Es un mensaje que debemos tomar bien en serio.  La religión pura no se mide ni por las horas que pasamos en la Iglesia, ni por los sacrificios que hacemos.  La religión pura se juzga por la compasión que tenemos por los que sufren de cáncer o de SIDA.  La religión pura se mide por la esperanza que extendemos a los que sufren desgracias personales.   La religión pura se ve en la generosidad de los que comparten lo poco que tienen con los que tienen aun menos.  Creo que la religión pura se puede notar en la entrega de la gente que está dispuesto a compartir su tiempo, sus talentos y su tesoro, por ejemplo, en esta comunidad parroquial.

          

Como siempre, llegamos a la misma conclusión.  La ley de Dios es una ley de amor.

 


"Sr. Kathleen Maire, OSF"  <KathleenEMaire@gmail.com>


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