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Palabras para Domingo Archivo

08.09.2020

 

1 Reyes 19: 9, 11-13

Romanos 9: 1-5

Mateo 14: 22-33


La pregunta que sobresale de las lecturas hoy es “¿Dónde encontramos a Dios?”  Una y otra vez en las Sagradas Escrituras, vemos que Dios nos viene en maneras no esperadas.  Tenemos nuestras ideas de cómo actúa Dios, y le buscamos donde pensamos que Dios debe estar.  También pensamos que sabemos cómo debemos  actuar nosotros buscándole a Dios.  Pero nuestro Dios no se limita por nuestro pobre entendimiento, y no se conforme a nuestras ideas.

 

Es bien claro en la primera lectura que Dios nos sorprende con su manera de entrar en nuestra vida.  La historia de los judíos indicó que Dios se manifestó en movimientos violentos de la naturaleza.  Dios comunicó con Job desde un viento fuerte, habló con Moisés desde un arbusto ardiente, y entregó a Moisés los mandamientos al momento de un terremoto. Pero cuando quería manifestarse al profeta Elías, hizo sentir su presencia en el murmullo de una brisa suave.  Tenemos que estar listos a escuchar el mensaje de Dios que nos viene en maneras no esperadas.  Dios tiene maneras misteriosas para manifestar su palabra y su voluntad.

 

El Evangelio también tiene sorpresas.  Tal vez nos ocurrió preguntarnos por qué Jesús decidió acercarse al barco de los discípulos caminando sobre el agua cuando las olas e el viento eran tan fuertes.  El Evangelio indica que Jesús caminaba tranquilamente sobre un mar muy turbulento.  Los discípulos tenían miedo, no solamente al agua, sino también a la visión que les acercaba sobre el agua.  No pensaron que Jesús les iba a venir en esta manera extraordinaria. Era solamente al escuchar las palabras “No teman.” que se dieron cuenta de la identidad de la persona.

 

La dinámica del encuentro de San Pedro y Jesús nos enseña algo importante.   Pedro, a pesar de su fe en Jesús, se hizo vencer por la fuerza de las olas y el viento.  Este discípulo tenía suficiente fe para reconocer al Señor, para echarse al agua, y para confiar que el Señor pudo salvarle.  Pero al momento de sentir la fuerza de la naturaleza, dejó de guardar su enfoque en Jesús.  Le entró el miedo y el pobre Pedro comenzó a hundirse.   Cuando el discípulo se ha confiado en Jesús, pudo caminar sobre el agua.  Cuando dudó, se hubiera podido perder.

 

Tantas veces en la vida, nos encontramos en aguas turbulentos.  Si, reconocemos a Jesús y tenemos fe, pero el miedo nos agarra y estamos en peligro de hundirnos.  Las aguas turbulentos pueden aparecer como crisis de salud, la muerte de un ser querido, problemas con los hijos, la pérdida de un trabajo, la violencia de la calle, una pandemia que se para, o mil otras cosas.  Y actuamos como Pedro.  Tenemos fe, hacemos el compromiso de nuestra vida,  tomamos riesgos.  Pero en algún momento, perdimos el enfoque. 

 

Es en estos momentos que tenemos que gritar como Pedro,  “¡Sálvame, Señor!”  Y podemos estar seguros que Cristo nos va a contestar, “Tranquilícense y no teman.  Soy yo.” 

 


"Sr Kathleen Maire  OSF"  <KathleenEMaire@gmail.com>


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