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XIV DOMINGO

7.04.2021

Ezequiel 2: 2-5

Corintios 12; 7b-10

Marcos 6: 1-6


 

Se puede sentir algo de tristeza en la reacción de Jesús a la gente de su pueblo.  Dice el evangelio que “estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente.”    Seguro que Jesús les tenía un sentimiento de cariño para esta gente.  Eran las familias entre las cuales El había crecido.  El había jugado con los hijos de estos vecinos.  El había compartido sus dolores y sus alegrías como niño y como joven.  Ahora él llega con la gran noticia de la cercanía del Reino de Dios y la gente su pone dura contra El.  Se puede imaginar la tristeza cuando el tenía que salir de su pueblo porque la gente no pudo aceptarlo como profeta.

 

Profeta es lo que Jesús era durante este tiempo antes de la Resurrección.   Tenemos que entender la palabra “profeta” como mensajero de Dios, como alguien que habla en nombre de Dios, que habla por los que no tienen voz: por los pobres, las viudas, los huérfanos de su tiempo.  Jesús venía como mensajero de un Dios que se interesaba en los pequeños de la tierra.  El Dios de Jesús no era un juez que juzgaba según el cumplimiento de la ley.  El Dios de Jesús era un Padre compasivo que perdonó al hijo prodigo, un Buen Pastor que salió en búsqueda de la oveja perdida, un pescador que echó sus redes para incluir a todos los peces del mar.  El profeta Jesús anunció el Reino de perdón, de compasión, y de amor para todos.

 

Y es exactamente eso que causó el problema.  Este mensaje no era lo que estaba esperando la gente.  Algunos esperaban un mesías que iba a librar a la gente de la opresión de los romanos.  Y en vez de este Mesías triunfante, vino Jesús anunciando un Dios de perdón de enemigos.  Algunos esperaban un Reino en que ellos saldrían victoriosos sobre extranjeros.  Pero vino Jesús anunciando un Reino que incluyó hasta los paganos.  Algunos esperaban un Reino en lo cual ellos pudieron compartir en las riquezas del trono.  Y vino Jesús anunciando que los pobres eran los bienaventurados de Dios.  El mensaje de Jesús no llegó a la medida de su expectativa.  Entonces, no pudieron aceptar que El estaba compartiendo el mensaje de Dios.  No creyeron.  Para ellos, este Jesús era no más que el hijo del carpintero, el hijo de María, el hermano de sus vecinos.

 

Me parece que es la misma historia en nuestro tiempo, mismo entre nosotros que venimos con frecuencia a la misa.  Tenemos algunos ideas de cómo debe actuar Dios, de cómo se debe anuncia su palabra, y de cómo debe ser el verdadero servicio de Dios.  Y cuando vemos a gente que no caben dentro de las normas de nuestro entender, cerramos la mente.     Queremos tener todo el mensaje de Dios bien organizado, bien empaquetado, bien ordenado.  Y cuando el mensaje se manifiesta en otra forma, damos a espalda al mensajero.

 

En nuestro día, hay muchas voces anunciando el mensaje de Dios.  Puede ser que el mensaje de justicia se encentra en las labios de los que hablan por la reforma de las leyes de inmigración.  Puede ser que el mensaje de paz se anuncia por los que protestan la guerra.  Puede ser que el mensaje de compasión está llevado por los que trabajan a favor de mujeres y jóvenes abusados.  Puede ser que el mensaje de perdón se comunica por las agencias que trabajan con presos y adolescentes atormentados. 

 

Creo que las lecturas hoy nos dicen que debemos estar bien atentos al mensaje que escuchamos, a pesar de nuestros prejuicios.  No debemos perdernos en las apariencias del mensajero.  Dios nos sorprende con frecuencia, teniendo tendencia a no actuar de la forma en que nosotros esperamos.  Hoy podemos rezar que Dios nos dé un corazón abierto a los profetas de nuestro tiempo- a las voces que proclama el Reino de Dios- el Reino de justicia, de paz, de misericordia y de perdón.  Si estas voces vienen de la Iglesia, mucho mejor.  Pero si vienen de otro lado, precisa que tenemos la humildad de escuchar.

 


"Sr. Kathleen Maire, OSF"  <KathleenEMaire@gmail.com>


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