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XIII DOMINGO

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XIII

DOMINGO

(B)

XIII Domingo Ordinario

 

 

-- 6/30/2024

Sabiduría 1: 13-15; 2: 23-24;
Corintios
8: 7, 9, 13-15;
Marcos
5: 21-43


 

Encontramos mucha ternura en el Evangelio de hoy que habla de la compasión de Jesús por los pequeños de la tierra.  Vemos a Jesús cara a cara con el sufrimiento y la muerte.  Recordamos las palabras de la primera lectura, “Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes.”  El corazón de Jesús está conmovido por el sufrimiento de otros y el se deja usar por el poder sanador de su Padre.  Jesús está siempre al lado de la vida, y de la vida plena. 

 

En los dos personajes del relato, podemos ver su desesperación.  Jairo, un jefe de la sinagoga, se acerca a Jesús con confianza.  Escuchamos sus palabras, “Mi hija está en las ultimas.  Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”.    Jairo se echó a los pies de Jesús, pidiendo una intervención para su hija.  Parece que no tenía esperanza fuera de la acción de Dios.  Y Jesús lo acompaña a su casa, un hombre que no era de sus discípulos. 

 

En el retrato de la mujer con hemorragia, vemos a una persona en sufrimiento, una mujer que la comunidad consideraba impura.  Ya había gastado todo su dinero, sin embargo, no había encontrado curación.  Por alguna razón que nunca sabremos, ella tuvo fe de tan solo tocarle el manto de Jesús, se curaría.  Y en medio de la mucha gente, sin saber lo que estaba pasando, se curó por su gran fe.  Ya la mujer pudo regresar a la comunidad como persona respectada.  Ella logró empezar su vida de nueva, después de doce años de exilio. 

 

Es interesante que las dos historias tengan algo en común.  La niña tiene doce años.  La mujer había sufrido durante doce años.  En la cultura de su tiempo, la niña ya estaba a la edad para casarse.  Ella estaba lista al momento en la vida cuando podría vivir como esposa y madre, trayendo nueva vida al mundo.  Según el relato, ella había muerto antes.  Nunca tendría la oportunidad de entrar en la obra creadora de Dios, la plenitud de su mandamiento de fecundizar la tierra.  Y la mujer con hemorragia tampoco podía gozar de este papel importante, por su cuerpo lleno de enfermedad.  Jesús regresa a las dos a su capacidad de iniciar una nueva vida, de llenar la tierra de vida, y de vivir como colaboradoras con Dios en la continua creación del mundo.

 

Si entendemos las lecturas así, vemos la invitación que tenemos nosotros.   Somos también llamados a vivir como portadores de la vida.  Tenemos la gran vocación de participar en la obra creadora de Dios, sea por los trabajos que hacemos, la compasión que extendemos a los demás o por la visión de Reino que proclamamos por nuestra vida.  El mensaje de paz y de salvación es el mensaje que tenemos que ofrecer a todos los que nos acercan.  Escuchamos las palabras de Jesús a la mujer, “Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.  Es lo que debemos anunciar en nuestras interacciones con los enfermos, con los afligidos, con los deprimidos que encontramos en nuestro camino. 

 

El Jesús que vemos en el Evangelio de hoy es un Jesús que toma las necesidades de la gente como la norma de su proceder.  El no se limita por las prohibiciones de la religión.  El habla públicamente con una mujer, y con una mujer excluida de la sociedad.  El tomó a la niña de la mano, aunque la ley prohibía tocar un cuerpo muerto.  Lo importante para Jesús no era la ley, sino la necesidad de la persona. 

 

Y nosotros, los católicos, tenemos que estar también al lado de los pobres, los excluidos, los rechazados de la tierra.  Ahora y para siempre, nuestro Dios es un Dios de Vida.  Nuestra vocación es seguirle, mismo en medio de la enfermedad y la muerte, anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios.

 


"Sr. Kathleen Maire, OSF"  <KathleenEMaire@gmail.com>


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