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Palabras para Domingo Archivo

VII Domingo de la Pascua

5.24.20

Hechos 1: 12-14

1 Pedro 4: 13-16

Juan: 17: 1-11ª


Este domingo que cae entre la Fiesta de la Ascensión y de Pentecostés, vemos que la Iglesia pone mucho énfasis en la oración.  La primera lectura nos dice que después de la ascensión, los apóstoles regresaron a Jerusalén al mismo cuarto donde habían celebrado la Ultima Cena.  Allá, juntos con María y varias mujeres, se dedicaron a la oración.  Seguro que rezaron los salmos y las oraciones judías.  Estas lindas oraciones recuerdan la historia de Israel: su gran deseo que venga el Mesías, la debilidad y pecado del pueblo, y la fidelidad de Dios que nunca les había abandonado.  Ahora, los discípulos pudieron interpretar los salmos en la luz de Jesús Resucitado, sabiendo que les faltó todavía el poder para proclamar la Buena Noticia.   

 

El Evangelio nos ofrece la primera parte de las ultimas palabras de Jesús a sus discípulos, llamada la Oración Sacerdotal.  Aquí Jesús insiste en la unión que existe entre El, sus seguidores y su Padre.  Es un tema de suma importancia, una verdad que hasta ahora luchamos para comprender.  La oración dice que Jesús estaba mandado por Dios para revelar el nombre de Dios.  Este nombre nos revela la esencia de Dios; nos deja saber quien es Dios para nosotros.  Cuando aceptamos a Jesús, aprendemos quien es Dios, porque Jesús es la revelación de su Padre.  Es un misterio profundo que nunca podemos comprender perfectamente.  Sin embargo, por medio de la oración, podemos acercarnos más y más a la verdad.  

 

El Evangelio insiste mucho en la oración.  Especialmente San Lucas, autor de los Hechos, nos enseña que los eventos de la historia de salvación ocurran cuando los personajes están orando.  Tenemos los cánticos de Zacarías y de María, los ejemplos de Ana y de Simeón, y los eventos de la vida de Jesús son casi siempre iniciados por un tiempo de oración.  Por eso, podemos enfocarnos hoy en el sentido de la oración.  Sabemos las “oraciones” de nuestra religión- el Padre Nuestro, el Salve María, el Credo, los salmos, el rosario, las oraciones de la misa.  Todos estos ejemplos indican que la oración se puede definir como una seria de palabras.  La Iglesia nos dice que estas oraciones son buenas y necesarias, pero más importante es tener un corazón abierto a Dios, abierto a entrar en una relación de amor y de gratitud.

 

Un gran maestro de la religión judía, Abraham Heschel, nos dice que la oración es una invitación para invitar a Dios en nuestra vida.  Es una actitud de apertura y de confianza.  Es la voluntad de quedarse tranquilo, sin exigir respuestas a los misterios de la vida.  Este gran profeta dice que durante toda la vida, desde la niñez hasta la muerte, hay soplos de verdad, a veces solamente un poco más fuerte que el silencio.  Es solamente en un estado de oración tranquila y profunda que podemos escucharlos.

 

Creo que las escrituras hoy nos invitan a contemplar la importancia de la oración, en el sentido de mantenerse en silencia en relación con Dios.  Es así que podemos reconocer los soplos que nos indican la profundidad de la oración sacerdotal de Jesús.  Somos unidos con El.  Vivimos con la vida del Padre.  Dios sigue haciendo su gran obra de salvación por medio de nuestros. 

Jesús nos invita a la Santa Comunión cada vez que venimos a la misa.  Es una expresión concreta de nuestra unidad con El.  En el silencio de nuestro corazón, podemos dejarnos abiertos para recibir su palabra y profundizar un poquito más el gran misterio de su presencia íntima y poderosa.  No estamos todavía al momento de Pentecostés con la fuerza del Espíritu Santo.  Hoy, quedaremos tranquilos, dejando que sus palabras lleguen más adentro de nuestro corazón.

 


"Sr Kathleen Maire  OSF"  <KathleenEMaire@gmail.com>


 

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