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Homilías DOMINICALES

Queridos lectores;

 

No se puede enfatizar demasiado el tema del perdón en los evangelios.  Jesús siempre nos exhorta tanto a perdonar a uno y otro como a buscar el perdón de Dios.  Y no hay ningún pasaje evangélico más enfocado en el perdón que aquel de este domingo que viene.  Presenta la ocasión para registrar nuestras mentes y anotar lo que creemos de este tema. Entonces deberíamos revisar el Catecismo para corregir y complementar nuestras ideas.  De esta manera estaremos listos a predicar el perdón con ambas la verdad y la convicción.  Espero que esta homilía de modelo les ayude en su propia preparación.

 

Carmelo Mele, O.P.

 


 

EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO ORDINARIO, 17 de septiembre de 2017

 

(Eclesiástico 27:33-28:9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35)

 

Cuando ero niño, me acuerdo de ir a la confesión.  Siempre confesaba el mismo pecado: la desobediencia.  No es que fuera un niño muy travieso.  Pero sí con razón me acusaba de no hacer caso a mi mamá.  Peleé con mis hermanos; no hizo mis tareas pronto; y fallé en otras cosas que me mandó mi madre.  Más que una vez me pregunté si mi confesión fue sincera porque pareció que faltaba el propósito de enmienda.  Pero no dejé de confesarme.  En tiempo  el elenco de mis pecados cambió.  Parecí haber pasado de edad de la desobediencia. 

 

Espero que esta historia ayude a los jóvenes luchando contra la pornografía y la masturbación.  A veces se cansan de venir al sacramento de Penitencia siempre confesando estos pecados.  Sin embargo, deberían seguir viniendo.  No están probando a Dios.  Más bien, Dios les ama y como un amigo verdadero quiere mantenerse en comunicación con ellos.  Aunque les parece que no tienen nada importante para contarle, Dios aprecia la confesión de sus culpas.

 

Se dice que hay tres tipos de amistades.  Algunos son nuestros amigos por propósitos de comercio.  Tratamos a nuestros asociados bien porque tenemos que colaborar con ellos para sacar la vida.  Otros son nuestros amigos porque disfrutan de las mismas cosas que nosotros.  Tal vez ustedes siempre cacen o salgan al teatro con los mismos compañeros.  Aunque sean agradables, no necesariamente comparten mucho de la vida interior con ellos por falta de la confianza.  Pero sí hay otros amigos con quienes nos confiaríamos nuestras almas.  Son personas con muchas virtudes.  Tienen la sabiduría que nos ayuda y la justicia que queremos imitar.  Sobre todo nos aman de modo que también dialoguen del corazon con nosotros.

 

Dios nos invita a compartir este tercer tipo de amistad con Él.  Mandó al mundo al Hijo para anunciar Su amor.  También nos envía al Espíritu Santo para hacer posible que amemos a Él que no podemos ver.  Este Espíritu tiene presencia fuerte en nosotros.  No sólo nos capacita a amar sino también reside dentro de nuestros interiores para que comuniquemos con Él siempre.  Además nos trae sus dones porque quiere compartirnos lo mejor que tiene.   Finalmente, el Espíritu Santo nos perdona.  Porque es nuestro amigo, no deberíamos ser avergonzados a confesárnosle los pecados. Y porque somos Sus amigos, Dios no quiere el pecado nos mantenga alejados de Él.

 

Aunque Dios no peca, hay modo para mostrar la mutualidad de la amistad en esta cuestión de perdón.  Tenemos que perdonar a la gente que nos ofenden porque son también queridos por Dios.  Nos parece difícil perdonar a un esposo que nos engeñó o, aún más retador, a la persona que hizo daño a nuestro niño.  No sólo podemos hacerlo por el amor de Dios que el Espíritu nos entrega sino también Jesús nos lo manda en el evangelio hoy.  Cuando le pregunta Pedro: “’Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?’”, Jesús le replica: “’No sólo hasta siete, sino hasta siete veces siete’”.

 

Sí es difícil, pero sin quitar la fuerza del mandamiento de Jesús, se puede añadir dos cosas para hacerlo más factible.  En primer lugar, si la persona no es sincera en su arrepentimiento, no es necesario hacerlo caso.  Sin embargo, deberíamos recordar la confesión de los mismos pecados que hacíamos al menos algunos de nosotros cuando éramos niños o jóvenes.  En segundo lugar, si la persona no nos pide perdón, no tenemos que perdonarle.  Esto no es pretexto para odiar al culpable.  Porque es querido por Dios, deberíamos rezar que nos lo pida.

 

Dijo Aristóteles que el amigo es otro yo.  Es persona con la cual compartimos no sólo los mismos intereses sino también los sentimientos y pensamientos.  Es quien va a perdonarnos las ofensas que hemos cometido y ayudarnos a perdonar a los que nos ofenden.  Por todas estas razones Dios es el amigo sin igual.  Sí Dios es nuestro mejor amigo.

 


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