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Homilías DOMINICALES

13 May 2018

Solemnidad de la Ascensión del Señor

Leccionario: 58

Hch 1, 1-11

Salmo 46, 2-3. 6-7. 8-9

Ef 4, 1-7. 11-13

Mc 16, 15-20

 

La solemnidad de la ascensión de Jesucristo es una de las festividades más importantes del año litúrgico. Aunque en muchas ocasiones nos pudiese pasar desapercibida, tomándola como “una celebración más entre otras”, esta solemnidad es considerada como la fiesta de las fiestas. Aquí se cierra un círculo y se abre uno nuevo. El tiempo de Jesús en el mundo llega a un fin. Pero su presencia en la historia y en el mundo no se borra por completo, pues su ascensión está preñada de una nueva vida: es el tiempo y el espacio de Dios íntimamente relacionado con la humanidad. Ahora el tiempo y el espacio son principalmente vitalizados por la fuerza y el dinamismo del Espíritu Santo. Este Espíritu no es alérgico al mundo, pues penetra y se encarna en el corazón de cada persona y comunidad que viven el amor radical y la paz perpetua que Jesús nos da. El circulo de la encarnación de Jesús (una palpitación dadivosa descendiente), ahora se cierra con su ascensión (un impulso dadivoso ascendente); y todo esto sólo para continuar presente ahora en aquellos que se abren al don de amor de Dios y que se atreven a compartirlo y transmitirlo a los demás, hasta “todos los confines de la tierra”.

 

Las imágenes de las lecturas bíblicas de la ascensión del Señor son diversas, pero a la vez tienen algo en común. Los Hechos de los Apóstoles nos dicen que Jesús, a los cuarenta días de haber resucitado, y después de compartir con sus discípulos las enseñanzas del Reino de Dios, “se fue elevando a la vista de ellos, hasta que una nube lo ocultó a sus ojos.” Por otro lado, San Pablo en la carta a los Efesios cita a las escrituras al referirse al efecto que provoca la ascensión de Jesús: “Subiendo a las alturas, llevó consigo a los cautivos y dio dones a los hombres”. Aquí se trata de una ascensión en donde Jesús va acompañado de todas las personas que viven todo tipo de prisión, sugiriendo que la ascensión trae consigo la libertad final, la reivindicación anhelada, la resiliencia plena. Pero no sólo los oprimidos gozan los efectos de la ascensión. También toda la humanidad recibe “los dones”. Y recordemos que el Espíritu Santo se considera como el regalo, el donum más excelso y extravagante de todos, pues representa la presencia de la unión de amor de la comunidad divina, Dios Triuno: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Finalmente, el Evangelio de Marcos coincide con los Hechos al situarnos en una narrativa en donde Jesús resucitado está enseñando y transmitiendo su sabiduría a sus discípulos, a quienes envía a proclamar la Buena Nueva de Dios-con-nosotros. En este contexto Jesús asciende al cielo. Marcos aquí incluye una imagen de “locación” para referirse a la ascensión de Jesucristo: “subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios”. Esto simboliza el estatus más alto de todos los seres y un acontecimiento que está en exceso de todo ser, haciendo referencia a la participación total de Jesucristo en esta Triunidad divina. Jesús es Dios.

 

Lo más extraordinario de todo esto es que Jesús nos hace partícipes de esta co-presencia divina, nos invita a celebrar junto con él esta infinita fiesta. A pesar de su aparente “ausencia”, a pesar de que “subió a los cielos”, a pesar de la mirada nostálgica con la que los discípulos ven que su amado maestro se eleva hacia el cielo y desaparece a su vista, ahora se nos otorga una nueva mirada, en donde lo invisible se hace visible y en donde Dios se encarna al interior de la narrativa terrenal de cada persona que se deja tocar por la llama del infinito amor del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es Dios. La aparente ausencia del Dios invisible, ahora se torna visible a través de relaciones fraternas y sororales encarnadas en todas las personas que aman y luchan por la justicia, la paz y el cuidado de toda la Tierra. Por eso San Pablo describe las acciones del Espíritu Santo como siendo inscritas en la vida y en las relaciones entretejidas por todas las comunidades que viven el amor mutuo y “en el Espíritu con el vínculo de la paz”. La común-unidad de Dios habita en nosotros, “actúa a través de todos y vive en todos”. Dios se encarna en un cuerpo humano (la “carnalidad” de Dios). Y ahora, igualmente, esta humanidad de Dios diviniza a la humanidad. San Pablo describe este movimiento de divinización humana como un cuerpo “cristico”: que, siendo un solo cuerpo, es a la vez constituido por la pluralidad y enorme diversidad de cuerpos en toda la creación. Somos el cuerpo de Cristo: una compleja y asombrosa polifonía corpórea de la resonancia divina. La ascensión de Jesucristo cierra, entonces un círculo que inicia con el descenso de Dios en la creación y al interior de la humanidad, habitando en la carne y el cuerpo humano. Para ahora, en su ascensión, cierra este ciclo, cuando Jesucristo retorna a su propio “origen” (“a la derecha del Padre”), inaugurando así, una nueva creación, una nueva espiral de este mismo ciclo tan humano como lo es divino. La humanidad se hace partícipe del mismo cuerpo de Cristo, la humanidad recibe el don de la presencia de un solo cuerpo, participando de un solo Dios-comunidad.

 

Aunque todo esto suene un tanto esotérico, no deja de ser relevante y de tener el potencial de impactar profundamente a nuestras relaciones concretas, inter-personales y a nuestra relación con el planeta. Lo más inmediato tiene que ver con el hecho de que somos cuerpo, no “tenemos” un cuerpo, como si nuestro cuerpo fuese algo distinto y extrínseco a nuestro “yo” personal. Esto significa que debemos aprender a amar nuestro propio cuerpo, a no hacernos daño, a estar pendientes del “cuidado de sí”. Pero el cuerpo no sólo es individual: es también “social”. Nuestros cuerpos son relacionales, habitan en redes inter-personales, y están cargados de prácticas y relaciones sociales, culturales, económicas, políticas, religiosas…  El cuerpo también significa inter-corporalidad, entretejidos relacionales. Luego, también, el cuerpo es ecológico, pues todo el planeta (aire, mar, tierra, agua, mundo vegetal y animal, objetos animados e inanimados), expresan un mismo corpus planetario. Somos parte del cuerpo planetario. Y aún más, el cuerpo también es parte de un cuerpo cósmico, es parte del cuerpo de la creación entera. Y más allá de todo esto, hoy especialmente aprendemos una nueva sabiduría, el sabernos parte del mismo cuerpo de cristo, de un solo Dios-comunidad.

 

Este vislumbre exige que miremos al mundo sin engaños y sin máscaras. ¿Cómo tratamos nuestros propios cuerpos, los cuerpos de las personas que nos rodean, el cuerpo de nuestra madre Tierra, nuestra casa común? Las sociedades y el planeta sufren el impacto destructivo de una enorme violencia: personal, familiar, social, racial, sexo genérica, política, religiosa y ecológica. ¿Cómo aprender a reconfigurarnos a partir de la ascensión de Jesús, a partir de un gesto que nos libera de todo lo que nos ata y encarcela? ¿Cómo aprender a recibir el don del Espíritu Santo para empoderarnos y para liberarnos mutuamente, para crear otro mundo posible? ¿Cómo aprender la sabiduría de un cuerpo tan divino como lo es humano? ¿Y porqué existen cuerpos que son desechados debido a su color de piel, su condición económica y migratoria, su género o sexualidad, su etnicidad o sus creencias religiosas? ¿Qué pasos concretos tenemos que dar para incluir a esos cuerpos rechazados y excluidos?

 

La ascensión del Señor Jesucristo nos invita a celebrar una gran fiesta, de carácter mundial y cósmico. Pero también es una vocación, una invitación a un reto que parece imposible. No hay que quedarnos paralizados contemplando al cielo. Los dos hombres misteriosos que se les aparecen a los discípulos cuando contemplaban pasmados a Jesús subiendo al cielo, les urgen a estos mismos discípulos que no se queden allí parados, mirando al cielo. Cuando aprendemos a abrir nuestros corazones para recibir el don del amor de Dios, no podemos quedarnos pasmados, mirando al cielo sin percatarnos de nuestra realidad concreta. El amor que Jesús nos comparte en su ascensión ahora enciende nuestros corazones por el poder del Espíritu Santo, dándonos el valor de poner los pies en la tierra y colaborar en la transfiguración de toda violencia en paz inconmensurable, transfigurando todo odio en actos de un amor desbordante.

 

Fray Ángel F. Méndez Montoya, OP

CIUDAD DE MÉXICO
 


 

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