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Palabras para Domingo

11.19.17

Proverbios 31: 10-13, 19-20, 30-31

Tesalonicenses 5: 1-6

Mateo 25: 14-30


 

El mensaje del Evangelio de hoy nos puede parecer sencillo: hay que usar los dones y los talentos que tenemos en favor del Reino de Dios.  Y claro, es verdad que entendemos su significado.  Pero como siempre en los Evangelios hay un mensaje más profundo si tomamos bien en serio la lectura. 

 

Es importante darse cuenta de que “un talento” era una cantidad grande de dinero.  Podía llegar a ser la cantidad que un trabajador podría ganar durante toda su vida.  Entonces el propietario que salía de viaje a tierras lejanas tenía mucha confianza en sus tres servidores.  Les había entregado mucho dinero y seguro que tenia confianza en sus habilidades y honestidad.  Les había entregado puestos de importancia.  Podemos decir que el dueño confió que estos servidores iban a actuar como él en cuanto a sus posesiones.  

 

Esto es exactamente lo que pasó con los primeros dos.  Utilizaron sus habilidades para invertir su tiempo y su experiencia en hacer crecer los talentos del dueño.  Pero nos queda el misterio del tercero.  ¿Que ocurrió en su cabeza?  Conocía muy bien a su dueño y sabía que el hombre no tendría paciencia con la pereza.  Pero parece que se dejó dominar por el miedo.  El miedo de ni siquiera ganar interés poniendo en el banco, lo llevó a esconder su talento para preservarlo como el dueño se lo había entregado.  Y claro, sabemos el resultado de la historia.   

 

Vemos que el dueño, a su regreso, no quería encontrar las cosas como las había dejado.  Quería ver frutos, crecimiento, multiplicación.  Quería ver abundancia y vida nueva.  Quería ver otra realidad creada con sus bienes, como si él mismo hubiese estado presente. 

 

¿Cuál es el mensaje para nosotros hoy?  Parece que el dueño en la parábola representa a Dios.  Y Dios, durante nuestro tiempo aquí en la tierra, nos ha entregado su riqueza: la vida con la posibilidad de conocer la bondad y crearla en abundancia; la mente con su imaginación y creatividad; nuestra capacidad intelectual para usar la técnica; la salud que hace posible una vida de servicio a la comunidad; el tiempo para apreciar el arte y la música; y nuestro corazón que hace posible una vida espiritual.   Dios, Creador del cielo y de la tierra, nos ha entregado el mundo para que nosotros pudiéramos cuidarlo y hacer multiplicar sus maravillas. 

 

Y más que todo, todos hemos recibido el don del amor.  Dios nos invita a concretizar este amor en nuestra vida.  En la vida matrimonial, tenemos que expresar este amor entre esposos y con los niños.  En la vida de soltero, hay que expresar este amor en actos de generosidad entre familia y comunidad.  En la vida sacerdotal y religiosa, hay que gastar este amor en servicio a los demás.  No hay persona que no tiene responsabilidad de hacer crecer el amor, el amor que Dios nos entrega al momento de nuestro nacimiento.  Lo único que nos atrasa en esta vocación es el miedo.

 

La pregunta que nos deberíamos hacer hoy es: ¿Qué vamos a hacer con esta encomienda de Dios?  Cada cual, según su capacidad, ha recibido talentos, el tesoro de Dios.  No importa si son diez o cinco o solo un talento.  Todos tenemos responsabilidad para hacer crecer la energía creativa de Dios.  Todos estamos invitados a participar en la creación del Reino de Dios.

 

Tenemos que acercarnos a Dios con humildad.  No hay que estar orgulloso de los muchos talentos, ni avergonzados de los pocos.  Lo importante es que salimos con confianza, sabiendo que Dios va a estar a nuestro lado cuando empezamos a hacer crecer los dones y talentos que tenemos.  Así podremos decir las siguientes palabras a Dios al final de nuestra vida, “Te felicito, siervo bueno y fiel. Entra a tomar parte en la alegría de tu Señor.”



Sr. Kathleen Maire

kmaire@verizon.net



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