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Palabras para Domingo

10.01.17

Ezequiel 18: 25-28

Filipenses 2: 1-11

Mateo 21: 28-32


 

    XXVI

Domingo

Ordinario

2017

El evangelio hoy nos habla de como juzgar entre apariencias y la realidad.  Vemos que Jesús está hablando con los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.  Estos son individuos bien respectados, personas que tienen admiración entre el pueblo judío, oficiales religiosos que observan la ley y que son responsables para ver que los demás la observan.  En esta capacidad, ellos juzgaron a la gente.  Y por eso, Jesús les invita a opinar acerca del cuento que les presenta.

 

En el cuento, las acciones de los dos hijos ofenden al padre.  El primero hijo dice “no”, que es un insulto público.  Resulta en el padre pierde respeto en la comunidad.    El segundo hijo no le hizo un insulto público, pero tampoco hizo la voluntad de su padre.  Los dos le causaron dolor al padre.  Puede ser que era solamente el padre que entendió que el segundo le ofendió, pero de todos modos era una ofensa.

 

La sociedad de este tiempo era muy susceptible al honor y a la vergüenza.  Los oyentes pudieron entender fácilmente la seriedad de lo que pasó.  Cuando los sumos sacerdotes y los ancianos dieron la opinión de que el primero era más fiel, Jesús echó su decisión en la cara, diciendo, “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios.”    Jesús dijo que los pecadores públicos que son arrepentidos entran más fácilmente al Reino que los que tienen apariencias de fidelidad, pero que tienen un corazón lleno de desprecio por los demás.     

 

La verdadera pregunta importante es ¿“Qué es lo que hace a una persona aceptable en los ojos de Dios?”  Obviamente, no es el puesto que uno ocupa; no es el respeto de la gente;  no es la capacidad de juzgar a otros;  no es la apariencia de bondad y fidelidad a la ley.  Jesús nos dice que no es el honor que la gente ofrece a una persona, ni es el poder que viene con un oficio, sea en lo civil o en el círculo religioso.  Lo que hace a una persona aceptable en los ojos de Dios es la humildad y el arrepentimiento.  Es fe en la bondad de Dios y la generosidad de incluir a los demás en la familia de Dios. 

 

Vale la pena leer con cuidado la carta de san Pablo a los filipenses.  San Pablo exhorta a la gente de vivir con humildad, de considerar a los demás como superiores a si mismo, de no buscar su propio interés, sino el del prójimo.   El habla de cómo vivir como comunidad de amor, como comunidad de unidad, como comunidad de perdón.   Y nos explica que este ideal existe porque Jesús mismo vivió así.  En la Encarnación, Jesús tomó la naturaleza humana, la condición de siervo, haciéndose semejante a nosotros.  Y con su muerte, Jesús aceptó las consecuencias de una vida de fidelidad a su Padre. 

 

Nosotros tenemos el mismo desafío, de no juzgar según las apariencias.   No podemos despreciar a alguien por no asistir a la misa como nosotros;  por no participar como nosotros; por no conocer la Biblia como nosotros.  Debemos siempre entregar a todos en las manos misericordiosas de Dios, y reconocer nuestra arrogancia si la vemos en nuestros pensamientos. 

 

Gracias a Dios que tenemos la ayuda de Jesús en la Eucaristía.  Cada vez que comulgamos, recibimos este mismo Jesús como amigo, compañero, y guía.  Podemos pedirle que nos dé su manera de pensar, de hablar, y de actuar.  Y más que todo, podemos confiar que nos concederá estos dones. 



Sr. Kathleen Maire

kmaire@verizon.net



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