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Palabras para Domingo

5.06.18

Hechos 10: 25-26, 34-35, 44-48

1 Juan 4: 7-10

Juan 15: 9-17


 

Hoy escuchamos otra vez el mandamiento que Jesús dejó a sus discípulos: que se amen los unos a los otros como El les había amado.  Es el punto clave de su enseñanza- un mensaje profundo que ya estamos acostumbrados a leer.  Por eso, no tiene el impacto que debe tener, porque está lleno de desafíos no solamente al nivel personal, sino al nivel de la comunidad y de la Iglesia.

 

Jesús empezó su relato hablando del amor que el Padre le tiene a Él.  Pero los primeros discípulos sabían que este amor del Padre no salvó a Jesús de su pasión y muerte.  Pudieron entender que el amor era más un compromiso que una protección del mal.  El amor íntimo que existía entre Jesús y su Padre le ha llevado a Jesús a entregar todo, hasta su vida para quedar fiel a su Padre.  Es un amor que es completamente libre de egoísmo.  Es un amor que le llevó a dar su vida para el bien de todos. 

 

Este amor es universal, libre de egoísmo, y compasivo.  Cuando Jesús dijo, “Yo no les llamo siervos…a ustedes los llamo amigos, porque les ha dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre”, el está diciendo que este amor no solamente destruye el abismo que existe entre esclavo y amo, pero que destruye el abismo que existe entre Dios y la persona humana.  El mandamiento es vivir esta clase de amor que se expresa en abrirse a recibir al extranjero, compartir con el necesitado en la mesa y soportar las cargas del otro.  

 

La primera lectura nos da una idea de tan difícil que es vivir así.  Inicialmente Pedro hesitaba aceptar a Cornelio, un romano, como seguidor de Jesús.  Cornelio era un capitán del ejército, uno de los que habían crucificado a Jesús.    Pedro tuvo dudas acerca de su deseo de seguirle a Cristo, recordando todo lo que había sufrido su amigo y maestro.  Pero al ver que El Espíritu Santo se ha derramado sobre los paganos, el cambió de opinión y le ofreció las aguas del Bautismo. 

 

Pedro tenía que aprender que el mensaje de Jesús extendía a gente con diferencias étnicas, religiosas y políticas.  El mandamiento de amor nos impulsa a abrir el corazón a tales personas hoy en día.  Tal vez estas personas no van a aceptar nuestra fe, pero debemos ofrecerles hospitalidad, apoyo, y ayuda cuando les encontramos.  No era fácil en el tiempo de los primeros discípulos, y no es fácil hoy.  Sin embargo, es el mensaje expresado en las lecturas sagradas de hoy.   

 

En estos domingos después de la Pascua, la Iglesia nos ofrece mensajes de unidad, de servicio y de amor.  La semana pasada hemos leído de la necesidad de producir frutos y hoy la necesidad de incluir en nuestro círculo de amigos a los que no nos parece, ni en idioma, en tradiciones, o en etnicidad.   Como Jesús es la encarnación del amor del Padre, así, tenemos que ser la encarnación del amor de Jesús.  En nuestra sociedad que está marcada por divisiones económicas, raciales y culturales, el mandamiento nos impulsa a vivir como modelos de amor que proclaman que la gracia de Dios es más grande que la presión de nuestra cultura.

 


Sr. Kathleen Maire -  kathleenemaire@gmail.com


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